A La Nueva Creación

a cargo de Stefania Caterina y Tomislav Vlašić

“Ve y de ahora en adelante no peques más” (Jn. 6, 11)

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Queridos lectores:

en este mes Jesús nos  habla del pecado y de sus consecuencias. Se trata de una realidad que todos nosotros hemos experimentado  en la vida,  porque forma parte de nuestra frágil condición  humana. Jesús nos ayuda a acercarnos a esta realidad con amplitud,  y  con la apertura justa a su misericordia. Solo así el pecado no resulta una experiencia destructiva, sino, más bien,  una oportunidad  para comprender mejor lo que somos, y para corregirnos con la ayuda de Dios.  Jesús consigna también siete puntos, que son pasos importantes en el camino. Considero que sería útil meditar un punto  cada día, intercambiando también  con otros las propias consideraciones, y poniendo en práctica cuanto nos es sugerido.

Os dejo entonces con sus palabras y os auguro todo bien.

 

MENSAJE DE JESÚS  DEL  25 DE MAYO DE 2011

Hijos míos muy queridos: hoy deseo afrontar junto con vosotros un  tema delicado: el pecado. ¿Quién de vosotros puede decir que está sin pecado?

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Si lo hiciera no sería sincero, porque el pecado forma parte de vuestra condición humana, caracterizada por la fragilidad. Deseo ayudaros a comprender mejor, para que podáis vivir con mayor  conciencia la  experiencia del  pecado  y saliros en el modo justo.  Antes que  todo: ¿qué es el pecado y dónde se forma en vosotros?  El pecado es un comportamiento de vuestro ser que os pone  en contraste con las leyes divinas de la vida. Este comportamiento puede ser más o menos grave, pero nace siempre de un enfrentamiento entre vuestro egoísmo y las leyes  de Dios, entre vuestros deseos y los de Dios, entre vuestros pensamientos y los de Dios. El pecado nace de la cerrazón a Dios en lo profundo de vosotros mismos. Para que podáis comprender esto es preciso que sepáis cómo funciona vuestro ser.

Estáis hechos de espíritu, alma y cuerpo. El espíritu es el centro de vuestra persona, y está contenido en el alma, la cual, a su vez, está contenida en el cuerpo. Cuando Dios os crea imprime en vuestro espíritu sus leyes para que seáis sus hijos, creados a su imagen y semejanza. En vuestro espíritu actúa el Espíritu Santo que  os mantiene en vida mediante una  trasmisión continua de impulsos, que son potentes vibraciones.  Mediante estos impulsos, El os recuerda  constantemente que sois hijos de Dios, os comunica los deseos y los pensamientos  divinos con relación a vosotros, os ayuda a comprender las leyes divinas impresas en vosotros Por lo tanto, vuestro espíritu conoce las leyes de Dios  y lo que le es agradable;  él transmite este conocimiento al alma, también en este caso en forma de impulsos, en verdad, de vibraciones.  El alma las asimila y reelabora mediante su intelecto hasta formar un pensamiento propio,  capaz de determinar vuestras orientaciones, vuestras convicciones, vuestras elecciones. Los impulsos provenientes del espíritu y reelaborados por el alma, son transmitidas por esta al cerebro para ser manifestadas exteriormente a través de las palabras y las acciones. De esta manera el cuerpo resulta un instrumento precioso, que manifiesta en la realidad en que vive, vuestra identidad, y la vida divina encerrada en vosotros.

El Espíritu Santo transmite a vuestro espíritu todo aquello que se precisa para el funcionamiento de vuestra vida,  sea tanto a nivel espiritual como físico, porque las leyes de Dios regulan también las funciones vitales de vuestro cuerpo, desde la concepción hasta la muerte. También en este caso el  espíritu transmite al alma los impulsos recibidos del Espíritu Santo, y el alma los transmite al cuerpo; el cual, de esta forma es mantenido en vida y en condiciones de cumplir todas sus funciones. La vida física y espiritual se produce en vosotros por  la continua interrelación entre vuestro espíritu y el Espíritu Santo. Es un proceso maravilloso y perfecto.

Si vuestro espíritu  está unido al Espíritu Santo,  porque amáis a Dios y deseáis servirlo fielmente, recibís continuamente impulsos poderosos que os incitan al bien; vuestro espíritu se fortalece día a día, y se abre siempre más a la acción de Dios, se expande para dar lugar a la presencia cada vez más potente del Espíritu Santo. De esta forma crecéis en la comprensión interior de las leyes divinas, y vuestro espíritu transmite al alma  impulsos claros y fuertes. También vuestra alma se fortalece y recibe con docilidad y amor los impulsos del espíritu, los transmite íntegros al cuerpo, el cual actúa de  modo correcto. De esta forma sois personas sanas,  íntegras, porque no hay obstáculos entre vosotros y Dios.

Pero ¿qué sucede si os negáis a dejaros conducir por Dios, si no le amáis? Sucede que vuestro  espíritu se cierra a la acción del Espíritu Santo y recibís impulsos débiles. Vuestra alma se torna frágil y reelabora los impulsos con  dificultad, transmitiendo al cuerpo informaciones incorrectas. Vuestra clausura a Dios altera la interrelación vital entre el Espíritu Santo y vuestro espíritu y de aquí nacen  los problemas espirituales, las enfermedades físicas y psíquicas. El alma no es alimentado suficientemente  por los impulsos divinos, debe arreglárselas por sí sola; elabora entonces un pensamiento propio, separado del pensamiento de Dios, que no le permite comprender las leyes divinas. La falta de comprensión  de las leyes de Dios conduce inevitablemente a comportamientos incorrectos.

De aquí nace el pecado. El tiene origen en el espíritu del hombre cuando este se cierra a la acción del Espíritu Santo; es una resquebrajadura en la relación entre  vosotros y Dios. Esto significa  que el espíritu rechaza  colaborar con Dios y no lo reconoce  ni como Padre ni como Señor. Por el contrario,  si amáis a Dios y estáis unidos a El, vuestro espíritu está cara a cara con el Creador; El mediante su Santo Espíritu os comunica lo que es bueno para vosotros y actúa para realizar el bien, colocándoos en condición de participar en su acción con docilidad y con el sincero deseo de obedecer a Dios.

¿Qué papel juega Satanás en todo esto?  El no puede vivir en el espíritu del hombre, a menos que sea el hombre mismo  quien le abra la puerta, libremente y en plena conciencia. Me refiero acá a los casos de auténtica posesión diabólica, que por fortuna son raros, en los cuales el espíritu del hombre desea  que el demonio  tome posesión de todo su ser, y rechaza completamente a Dios; lo hace  con pleno conocimiento. Normalmente, en cambio, Satanás actúa desde el exterior, provocando y tentando al  ser humano  allí donde es más vulnerable. Actúa en particular sobre el cerebro y los sentidos, a fin de que el alma reciba impulsos fuertes desde afuera, se turbe y se debilite. Ella comienza a girar sobre sí misma,  entra en el miedo hasta perder el contacto con el espíritu, y en consecuencia con el Espíritu Santo.  Como veis la acción de Satanás contra vosotros parte desde el exterior, mientras la de Dios, parte del interior, o sea desde el  espíritu en el cual como se ha dicho nacen los impulsos  necesarios para la vida. La acción interior de Dios se combina con la exterior, porque El  trabaja también por fuera del hombre, a favor de la creación entera. Quien vive en armonía con Dios, goza plenamente los beneficios de su doble accionar, interna  y externamente. (1)

Cuando estáis inmersos en Dios, mediante una vida simple y gozosa, hecha de plegaria y de servicio  a Dios y a los hermanos,  todo en vosotros transcurre con facilidad; la vida brota inagotable de lo profundo de vuestro espíritu. Satanás puede tentaros y fastidiaros pero no logra perturbar la armonía de la vida divina en vosotros. Efectivamente,  el Espíritu Santo, que es el Defensor,  le comunica su fuerza a vuestro espíritu, el cual la transmite al alma, y esta al cuerpo hasta manifestarse en el exterior y Satanás debe alejarse. Los grandes  santos y místicos han sido tentados y fastidiados por Satanás, de muchas formas y tal vez, fuertemente, pero no han sido nunca  derrotados. Su  unión  con Dios los volvió invulnerables, porque la potencia de Dios fluía  a través de su espíritu abierto a Dios y en todo su ser arrojando atrás al enemigo. También vosotros podéis lograr esto,  porque la acción de Dios está presente en cada uno de vosotros, lo mismo que en los santos y los místicos. Dios no tiene preferencias,  todos sois sus hijos, a todos le es  dada la misma parte de la herencia, pero corresponde a vosotros hacerla fructificar.

El pecado es una experiencia siempre dolorosa para el hombre porque deja consecuencias tal como sucede en algunas enfermedades físicas. Si os arrepentís  sinceramente Dios os perdona, pero esto no significa que todas las consecuencias sean  canceladas  automáticamente. Si, por ejemplo,  habéis cometido una mala acción contra alguno y os arrepentís, recibís sí el perdón, pero queda  el sufrimiento en aquellos  a quienes habéis ofendido; este sufrimiento podría hasta pasar a las  generaciones futuras.  Pensad, por ejemplo, en los casos de homicidio; muchas veces los hijos de la víctimas sufren traumas inmensos que no logran superar y ni siquiera  llegan a perdonar; así su sufrimiento se extiende sobre generaciones enteras, provocando odios y venganzas. (2)

Recordad siempre que toda violación de las leyes divinas comporta consecuencias para vosotros y para el prójimo, y se revierte indirectamente sobre la humanidad entera,  porque ningún hombre está aislado de sus semejantes, y la humanidad es como una gran familia:  el comportamiento de uno de los miembros afecta a los demás, se lo quiera  o no. Por esto la repetición  de determinados pecados en los individuos acaba por dar vida a  una forma de pecado colectivo,  que pesa sobre toda la humanidad,  la que resulta globalmente debilitada. Tenéis un ejemplo en el caso del aborto,  uno de los  más graves pecados de  vuestra humanidad. Estos pecados colectivos gravan pesadamente a cada uno de vosotros en el camino espiritual,  y se forma un círculo vicioso donde el pecado individual  incrementa el número de los pecados colectivos y viceversa.

¿Qué hacer entonces? Os sugiero algunos puntos importantes para la reflexión y para vuestro camino interior.

  • Tened fe en Dios y también en mí. Yo soy el redentor. He descendido en medio de vosotros para cargar con vuestros pecados y saldar así  la deuda inmensa  que habían contraído vuestros progenitores.  Ellos se habían rebelado a Dios, cometiendo el  pecado original. Mi sacrificio ha aplacado la ira del Padre, y os ha abierto el camino  a una relación nueva y filial con Dios. Mi sangre derramada sobre la cruz es vuestro pasaporte, y la garantía que os será otorgado el perdón, si lo pedís, y os será garantizada siempre una nueva oportunidad para resurgir. Es también la protección contra el Maligno, que no puede oponer nada a mi sangre; ella es para él una barrera infranqueable.
  • Entregadme vuestra vida y abandonaos a  mí, para que yo pueda de verdad ayudaros. En efecto, si es verdad que mi sacrificio opera constantemente a vuestro favor, es también  verdad  que los beneficios  de la redención operada por mí, no pueden desplegar toda su potencia sin  vuestra unión conmigo. Solo ofreciéndome la vida  vosotros estaréis de veras unidos a mí, y participaréis plenamente  de la salvación.

Yo respeto vuestra libertad y no os obligo de ningún modo a ser salvos; os ofrezco  la salvación y os abro el camino para que podáis alcanzarla, pero no os fuerzo a aceptarla. Entended esto: vosotros sois criaturas libres delante de Dios, corresponde a vosotros la responsabilidad de elegir si hacéis fructificar  los talentos recibidos o enterrarlos; (3) y esto vale también para la salvación. Si vosotros os entregáis  y me permitís guiaros, seréis una sola cosa conmigo, y yo os ayudaré  a no pecar; así gozaréis plenamente  los inmensos tesoros de la redención.

  • Tratad de distinguir el pecado que deriva del rechazo a  Dios y del desprecio de sus leyes, de aquel  que deriva  de vuestra fragilidad humana. Vosotros sois criaturas, y en cuanto tales tenéis un límite estructural, que no podéis superar si no es con la ayuda de la gracia divina.  Es importante  que comprendáis  esta diferencia para no desanimaros demasiado. Os pongo un ejemplo: un hombre sabe perfectamente que no debe matar, porque esta es una ley impresa en su espíritu; y voluntariamente mata, sabiendo aquello que hace y qué mal  está provocando. Este comete un pecado grave, porque conocía el querer de Dios, pero deliberadamente  se ha opuesto a la voluntad divina. Otro hombre, en cambio, se encuentra en contraste con la ley de Dios a causa de su debilidad.: frente a una dificultad no ha  sabido superar su límite humano y ha reaccionado de modo incorrecto, porque estaba atemorizado o era incapaz, etc. Estos comportamientos  son frecuentes en vuestra vida cotidiana: habéis tenido una jornada dura, volvéis a casa cansados y os la tomáis con vuestra esposa, o vuestro marido, hijo, etc. reaccionáis ofendiendo, atacando, criticando Qué hacéis por costumbre en estos casos? ¿Comenzáis a analizar vuestro comportamiento? ¿Os sentís indignos, incapaces, deprimidos  y en fin, pecadores? ¿Llegáis a desesperar de mi misericordia? ¡ No hijos míos, no hagáis esto! Sabed que yo os conozco bien, nadie os conoce mejor que Yo. Yo se cuando vuestros desaciertos nacen de un rechazo a Dios  o cuando son fruto  de vuestra fragilidad. Yo me inclino sobre vosotros  cuando   sois débiles, con inmensa ternura os levanto porque os veo apesadumbrados, perdidos. Conozco vuestra condición humana  porque la he tomado sobre mí.

Cuando os suceda pecar a causa de vuestra debilidad, pedid inmediatamente ayuda a Dios. Buscad su perdón y confiad en su misericordia. El conoce  todas las cosas. Quedad en paz y proseguid vuestro camino de fe,  empeñándoos en mejorar lo más posible. Vuestras buenas intenciones valen mucho delante de Dios, independientemente de vuestros límites, porque Dios mira la sinceridad de vuestro corazón  más que los resultados, lo contrario de lo que hacen los humanos.

Más os confiáis en Dios  y os unís a El mediante la sincera entrega de vosotros mismos, más aprendéis a comprender vuestro límite y a aceptaros  en vuestra condición  humana.

¡Sed misericordiosos  con vosotros mismos como lo es Dios! Aceptar vuestro límite  con serenidad y sin  desanimaros. No digo rusticar vuestros pecados pero de comenzar a miraros con los ojos de Dios, que no os condena, sino que os corrige. Por lo tanto  tratad de corregiros sin condenaros; esto os ayudará  a progresar en el camino interior.

  • ¡Confiad en la misericordia de Dios pero no penséis en aprovecharos! Muchos creen que la misericordia divina  sea un regalo  que se adquiere  a buen precio, como si fuera un acto debido por parte de Dios, pero no es así. Dios es siempre misericordioso con la humanidad, y  pobres de vosotros si no lo fuera,  pero esto no  significa que vosotros podáis  hacer todo aquello que os parece, total Dios es misericordioso. Si pensáis esto, estáis en un grave error.  Todo regalo de Dios actúa en plenitud si hay  una acogida  respetuosa y sincera  de parte del hombre,  si existe la buena voluntad  de hacer fructificar ese don. Esto significa que debéis acoger  con gratitud la misericordia de Dios, concientes del hecho que ella os empeña todavía más a cambiar de vida. A menudo siento a los cristianos hablar de la misericordia como si fuese una golosina   que  Dios distribuye acá o allá, porque así debe ser,  independientemente del  empeño del hombre por actuar  según recta conciencia. Revisaos, y comprended que la misericordia  es un don grande con el cual no  podéis jugar y que debe ser acogido con profundo respeto.
  • Aprended a pedir perdón al prójimo y a perdonar. Si habéis ofendido a alguna persona pedidle perdón; si las circunstancias lo permiten encontradla y hacedle entender que os apena sinceramente. Puede  suceder que os comprenda o bien que os rechace; en ambos casos habréis hecho mucho por vosotros mismos y por esa persona, porque habréis roto  una espiral de  rencor y de venganza y habréis puesto en movimiento el poder de Dios. El se encargará de todo el resto, y vuestra buena voluntad producirá sus frutos, ya sea que los veáis o no. El bien  hecho os retorna siempre, sino de aquella persona, volverá de otra. Dios no olvida nunca. Lo mismo vale en el caso  en que una persona os haya ofendido y os pida perdón. Perdonad siempre, porque esto desata muchos nudos y allana el camino para vuestra curación interior y la de quien os ha  herido. ¡Yo se que son  pasos difíciles! También en este caso  vuestra fragilidad de criaturas os limita. Yo os digo que es muy difícil pedir perdón y perdonar sin la ayuda de Dios. Las razones humanas, las conveniencias sociales, la vergüenza, la humillación, la percepción humana de la justicia, prevalecen, quizá y forman muros infranqueables. Pero quien confía en Dios y desea amar sus leyes será siempre  ayudado a cumplir los  pasos más difíciles. ¡Dios os sostiene en todo buen propósito! Quisiera que comprendierais que el perdón no es solamente un comportamiento laudable y heroico, sino una ley divina que opera infaliblemente, y es de una importancia tal de poner remedio a males espirituales y físicos, muchos de los cuales nacen  justamente de la incapacidad  de pedir perdón y de perdonar.
  • Buscad ponerle remedio al mal que habéis hecho a otros. En muchos casos es imposible remediar  las situaciones creadas por el pecado, pero es siempre posible empeñarse  en aliviar las consecuencias del pecado cometido. Si habéis causado un daño a vuestro prójimo buscad cumplir acciones reparadoras, según vuestras posibilidades. No os pido comportamientos heroicos o por sobre vuestras fuerzas, sino pequeños gestos de amor y de bondad hacia la persona ofendida o si esta lo rechaza, hacia otras personas que viven situaciones análogas. También esto será de gran ayuda para vosotros y para cuantos  habéis dañado, y será de gran valor delante de Dios, que todo lo sabe y todo lo comprende.
  • Aprended a sacar enseñanza también de vuestras equivocaciones. Quizá, el pecado cometido pone a la luz una parte de vosotros que no habíais nunca considerado; otras veces  evidencia una clausura de vuestro espíritu en la relación con Dios. Trabajad sobre este punto y pedid ayuda al Espíritu Santo. El os iluminará haciéndoos comprender dónde sois más frágiles y dónde todavía, ponéis resistencia a la acción de Dios. No os desaniméis y continuad pidiéndole la luz para mejorar. Después ofrecedle a Dios la fragilidad y también las cerrazones que habéis encontrado, entregadle también vuestros pecados. Dios os guiará perfectamente a la superación de vuestra situación, y hará de tal forma que no olvidéis la lección que habéis aprendido de vuestras equivocaciones. Cuando erais niños aprendisteis a estar  de pie después de muchas caídas; memorizabais aquello que era peligroso para vuestro equilibrio y no caísteis más. Lo mismo sucede también en el espíritu; podéis aprender mucho de vuestras caídas. Esto no significa que caer sea bello y útil: el pecado no es nunca ni bello ni útil, pero con la ayuda de Dios también un error puede ser una oportunidad  de mejoramiento y de crecimiento.

Os he sugerido estos siete pasos porque deseo que os miréis a vosotros mismos en la luz de Dios. Ninguno de vosotros es perfecto y está bien que aceptéis humildemente ser aquello que sois, criaturas necesitadas de mi amor.  Pero esto no quiere decir que  debéis despreciaros o consideraros fracasados y sin esperanza. Ser criaturas limitadas no significa, en efecto, ser criaturas incapaces y  sin méritos; incluso vosotros valéis mucho a los ojos de vuestro Creador; El os ha creado libres  e inteligentes y se espera de vosotros que logréis lo mejor de aquello que sois; desea que lleguéis a la plenitud y a la felicidad, y cuenta con cada uno de vosotros. No importa aquello de lo que sois capaces, no importa lo que otros piensen de vosotros, ni si habéis os habéis equivocado en alguna cosa en vuestra vida; a los ojos de vuestro Señor cuenta sólo vuestro amor por El y vuestra buena voluntad de participar como podáis en su obra.

Cuando estuvo en  medio de vosotros, en la Tierra, he  encontrado muchos pecadores en mi camino. Yo los he acogido con amor, les he perdonado, los he curado, los he liberado del mal. No los he humillado, ni maltratado, no les he dado lecciones de moral, ni los he atemorizado amenazando con castigarlos. Al contrario: los he levantado siempre  y les he mostrado el camino  del cambio. A cada uno de ellos como a la mujer adúltera,(4) he dicho: ”Ve, y de ahora en adelante no peques más”. Lo mismo  digo a cada uno de vosotros. Y si en la vida sucede a vosotros encontraros con pecadores o si vosotros mismos os sentís tales, no cerréis nunca el camino ni a ellos ni a vosotros mismos, sino repetid mis palabras: “Ve, y de ahora  en adelante, no peques más”. Buscad siempre una espiral hacia la luz y dirigíos a mí. Haced esto y recibiréis la luz, haced esto y viviréis.

Os bendigo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

(1)   He hablado de la doble acción de Dios  en el libro  “ Reescribir la historia – vol I, en el pensamiento de Dios”. cap. 6

(2) He hablado extensamente sobre lo que sucede en las generaciones a causa de los   pecados   cometidos por los miembros de una familia, en el libro “Más allá de la gran barrera” cap.10

(3)cfr. Mt. 25,  14-30

(4) cfr.  Jn. 8, 11

Autor: .

Profesor de Filosofía, Piloto Civil, Profesor de letras clásicas.

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