10. En camino hacia el encuentro con Cristo Jesús

Iglesia de Jesucristo del Universo

A cargo de Mauro

10.01.2026

En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor de Dios Padre y la comunión del Espíritu Santo estén con todos vosotros.

 Y una vez más, oh Padre, que tu perdón llegue a cada célula de nuestra alma, de nuestro cuerpo; que tu perdón abra la comunicación entre el espíritu, el alma y el cuerpo, que restablezca ese equilibrio, que haga que todo nuestro ser vuelva a ser vivo, a tu imagen y semejanza. Que todo en nosotros vibre como vibraba cuando estaba ante ti en el momento de la concepción. Y que tu perdón, a través de nosotros, pueda llegar a todo lo que nuestra alma ha tocado, a todo lo que nuestros ojos han visto y han escuchado nuestros oídos, a todas las personas que hemos nombrado, visto, pensado.

Y a todos los hombres y mujeres de buena voluntad, que quieren unirse a esta celebración, descienda sobre ellos tu perdón, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

 Todo lo que tenemos en la vida, todo, empezando por la vida misma, todo lo que el Señor ha creado, todo lo que encontramos en la vida, las situaciones, lo que es el desarrollo de la vida de cada hombre, todo, si dejamos mano libre al Señor, está en función del hombre, para recuperar la dignidad del hombre y para que el hombre se convierta en lo que era en el pensamiento de Dios: su hijo, hijo de Dios.

Los sacramentos, las lecturas, Medjugorje, las apariciones, los mensajes, las oraciones, todo está al servicio para que el hombre vuelva al proyecto de Dios. Es importante recordarlo, es importante no cometer el error de pensar que Dios está ahí para ayudarnos a vivir aquí en la Tierra. Dios está, Dios lo prevé todo, Dios nos ayuda, pero nos ayuda a volver a Él, nos ayuda a redescubrir su imagen y semejanza que está en cada uno de nosotros. Y cuando un camino está orientado en este sentido, lo que sucede en nuestro interior es que esta imagen comienza a resplandecer hasta llegar, como ahora, en Medjugorje, a resplandecer el rostro de María en nuestros rostros y verlo en los hermanos y hermanas. Esta es la vida que tuvieron los santos, que veían a Jesús en los pobres, a Jesús en los moribundos, a Jesús… Este es el camino.

También el Purgatorio, don de Dios, de su infinita misericordia, fue creado y querido después de la redención de Jesús, cuando descendió al Limbo y dividió el Infierno, el Purgatorio y el Cielo, precisamente dada la continuación de nuestra vida, porque si el hombre en esta vida no conseguía librarse de todo lo que no sirve, de todo lo que acaba, de todo lo que al final hay que dejar, está el Purgatorio, para que a través del camino en el Purgatorio también llegue a despertarse en nosotros la imagen y semejanza de Dios.

El Purgatorio no es un lugar de expiación; creo que siempre nos lo han enseñado así. El Purgatorio es un lugar de liberación, es un lugar de transformación, igual que en la Tierra. Toda nuestra vida debe transformarse para estar preparados para entrar ahora en el Paraíso y luego en la Nueva Creación, que aún no está abierta. Así pues, en el Purgatorio, uno hace y recorre todos los pasos que no ha hecho aquí. No es expiación, sino transformación. La expiación… no son matemáticas: diez pecados, cien años de Purgatorio; cinco pecados… no, no funciona así. Todo depende de hasta qué punto dejamos atrás al hombre viejo y dejamos que surja el hombre nuevo, que es lo que Dios ha previsto desde siempre.

En el libro “Más allá de la Gran Barrera[1], se explica el Purgatorio con sus tramos, su recorrido. Se dice que este es un lugar en camino, que parte de las puertas de los infiernos, del Santuario de la Misericordia, hasta las puertas del Cielo. Y, si lo leéis de nuevo, se explica también qué sucede en cada tramo. Fijaos que aquí en la Tierra es lo mismo.

Lo sigo rápidamente con vosotros. Lo primero de lo que hay que liberarse en el Purgatorio es del pecado. Incluso quienes están en el Purgatorio cargan aún con el peso del pecado; todavía tienen esta dimensión. En el Santuario de la Misericordia, ante la Cruz, acuden para tomar fuerzas para vencer esto. Y allí siempre están presentes Maristella y la Madre Teresa. En el libro «Más allá de la Gran Barrera«, leeréis que allí está también el Padre Pío. El Padre Pío ahora vive esta dimensión en comunión con la Madre Teresa, pero permanece ante el trono de Dios y celebrando la Misa continuamente.

Subiendo, más o menos a un cierto punto del Purgatorio, están San Francisco y Santa Clara. A lo largo de todo el camino, las almas están siempre acompañadas por su ángel de la guarda. Francisco y Clara, quienes ayudan al hombre a liberarse de los miedos, de los afectos equivocados, de lazos y vínculos equivocados, a liberarse de todo aquello que aún las mantiene atadas y encorvadas hacia la Tierra, a liberarse de todo lo que es terrestre, diría yo. Y si lo pensáis bien, Francisco y Clara son claramente el ejemplo de dos almas, de dos… un hombre y una mujer que de verdad lograron dejarlo todo atrás, que quisieron vivir no la pobreza (nosotros siempre la equiparamos a la pobreza), quisieron vivir la verdadera riqueza: ser libres.

Jesús vino a liberarnos. No vino a empobrecernos; vino a liberarnos de todo lo que nos impide vivir plenamente la libertad. Si lo pensáis, todo lo que es un apego, todo aquello a lo que estáis atados, todo lo que os interesa de una manera particular, se convierte en una carga, os arrastra hacia abajo. Francisco y Clara son el ejemplo de dos que sueltan para volar; incluso en el Purgatorio ayudan a las almas en eso. Si lo hacemos aquí, entraremos en el Purgatorio en niveles más altos. No es broma.

Jesús, Camino, Verdad y Vida, ha venido a liberarnos: “La Verdad os hará libres[2], pero Él es la Verdad, es Jesús la Verdad. Entonces, en la medida en que realmente dejes a Jesús libre, Él te llevará como ser libre, no de repente, sino guiando todo tu ser a no tener aquellas necesidades, aquellas ataduras, porque te unirás cada vez más a Él y Él te libera. Te abre a la verdadera dimensión, eterna, del espíritu, incluso cuando debes pasar por situaciones concretas. No es magia, es un camino, es un recorrido.

Luego, subiendo Purgatorio arriba —pero lo mismo es aquí—, intervienen los Arcángeles con su sacerdocio. ¿Y en qué ayudan? Ayudan a la comunión. Durante todo el recorrido por el Purgatorio, hasta ese nivel, Dios no permite la comunión. El alma debe hacerlo sola con la ayuda de los santos, el ángel de la guarda, pero no entre ellas. ¿Por qué? Esto también es una gracia, porque cuando la comunión no es libre —uno: del pecado, dos: de todas estas cosas equivocadas, afectos, lazos, amores— no ayuda, sino que te arrastra hacia abajo. Entonces Dios, que es bondad infinita, amor infinito, en el Purgatorio te dice: «Mira, este tramo hazlo solo, más adelante veremos la comunión».

Los Arcángeles ayudan a vivir la comunión. Allí, las almas comienzan a caminar juntas, a comprender que deben avanzar juntas hasta las puertas del Cielo. En las puertas del Cielo, la comunión debe convertirse en comunión de los santos. Allí se encuentran los hermanos y hermanas de otros planetas del Universo que pasan por el Purgatorio, aunque quizá podrían haber prescindido de ello, y allí es necesario vivir la comunión con los hermanos fieles, porque de lo contrario no se entra en el Paraíso. El último paso es la comunión con los hermanos fieles. Entonces entras con San Pedro, toda la procesión.

Repito: aquí en la Tierra es lo mismo, y hasta que no tengamos la comunión entre nosotros, no podremos vivir la comunión con nuestros hermanos fieles; hasta que no tengamos la comunión con los hermanos fieles, no podremos hacer el paso hacia el encuentro glorioso con Cristo. Primero, eliminar el pecado, eliminar los miedos, eliminar los afectos —no humanamente, no estoy diciendo esto: ahora debéis concentraros vosotros. En paz, con serenidad, con alegría, dejad que Dios lo haga, recordando, como dice el Apóstol San Juan: «Donde hay amor, no hay temor»[3].

Nunca tengáis miedo del juicio de Dios. Que ninguno de vosotros, por favor, tema el juicio de Dios, porque lo amáis, y punto. No hay necesidad de tener miedo; solo hay que dejarlo ser libre. No hay necesidad de temer el juicio, y no hay que tener miedo de la acción que está haciendo mientras estemos en la Tierra, porque toda su acción es porque nos quiere a su imagen y semejanza, nos quiere donde Él está, junto a Él en el seno del Padre. Así pues, con amor; donde hay amor, no hay miedo, no hay miedo al juicio, no hay miedo a la vida, no hay miedo a lo que me sucederá, a lo que comeremos, lo que beberemos, lo que vestiremos, cómo haremos[4]. Dejad a Dios libre, que sabe cómo llevar bien la historia; a fin de cuentas, la inventó Él.

He hablado del Purgatorio, he hablado de nosotros. Ahora quiero proponeros y preguntar, e incluso aconsejaros: las almas del Purgatorio no pueden vivir la comunión entre ellas. A menudo no se dirigen a María Santísima por respeto y prefieren mirarnos a nosotros. Nosotros hemos ofrecido nuestras vidas a Dios para los planes de Dios. En los planes de Dios está también liberar el Purgatorio, además de salvar todo lo salvable en todos los planetas, y hablamos también de la Tierra. Entonces, estas almas del Purgatorio participan ante todo en la Santa Misa, en nuestras Misas, pero participan también cada vez que cada uno de vosotros, ya sea juntos o solos, reza; participan, y lo que hemos entendido y descubierto recientemente es que desean escuchar nuestra voz. Os he dicho muchas veces: hablad con ellas, invitadlas, hablad a los niños abortados, hablad con quienes están en el Purgatorio y son similares a vosotros, invitadlos a ser bautizados. Y creo que siempre lo habéis hecho, como yo también lo hacía, con la mente. Ahora os digo: hacedlo en voz alta, habladles; ellas desean escuchar. Desean oír cuando leéis el Evangelio, los Salmos; lo desean cuando rezáis el rosario, que les expliquéis el misterio, no solo anunciarlo, explicárselo en voz alta, explicárselo y rezar en voz alta.

Se nutren de nuestros cantos, se nutren de nuestras oraciones, se nutren de nuestras conversaciones y disfrutan escuchándonos hablar. Por tanto, también la importancia de las oraciones en la Misa: rezad en voz alta, ellas quieren escucharos. Muchas de ellas ni siquiera saben quién es Jesucristo; no están bautizadas. Entonces, «Padre Nuestro» ¿qué es? Quieren oírlo.  Algunas veces, explicadles, explicadles la oración. «Ave María»: pero ¿quién es? Explicadles quién es. Tienen necesidad de oírlo. Y luego algunas avanzan rapidísimo, eh. Algunas, al oír esas palabras se hacen bautizar inmediatamente, y con el Bautismo, ¡rápido!, están ante las puertas del Cielo. Cuando después entren, tendréis un protector en el Cielo.

Se nos ha pedido que seamos padres y madres. Es así ser padres y madres. Decía a quienes tienen hijos, sobre todo las madres, que rezan… que por la noche leen al hijo un pasaje del Evangelio o una historia o… Es lo mismo con estos: padres y madres, explicadles como se lo explicaríais a vuestro hijo, como se lo leeríais a vuestro hijo, un pasaje del Evangelio, un trozo de un salmo.

En la economía de Dios, veis cómo todo concurre para la salvación, para la vida eterna, para la alegría plena; veis cómo todo en Dios es siempre un pensamiento de bien; veis cómo nunca mira el lado negativo de las cosas, sino que siempre logra transformarlo todo en una dimensión de luz. Por eso no hay por qué temer. No temáis, no tengáis miedo.

Y que María Santísima nos bendiga y bendiga estas almas, bendiga estos niños, bendiga a todos aquellos que están buscando la vida, porque la tienen dentro, porque han sido creados por Dios, por la Vida. Y aunque no la hayan encontrado, la buscan, la quieren. Que María los acoja en su Corazón y que también cada uno de nosotros abra el corazón a estas almas, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

[1] Cfr. Capítulo 7 – Las almas del Purgatorio – págs. 160 a 172.

[2] Cfr. Jn 8, 31-32

[3] Cfr. 1 Jn 4, 18

[4] Cfr. Mt 6, 31-34