Bautismo del Señor
Iglesia de Jesucristo del Universo
A cargo de Mauro
11.01.2026
Hemos hablado del Purgatorio, hemos hablado de cómo vivir la comunión con las almas del Purgatorio, del amor que podemos hacer fluir entre nosotros y ellas, y cómo este amor, en la normalidad, es una gracia para entrar juntos a permitir que este amor nos libere a nosotros y a ellas, nos libere de pensamientos, de actitudes equivocadas, de miedos, de hábitos que no ayudan a nuestro y a su camino hacia Dios Padre.
Hoy celebramos el Bautismo del Señor. Sabemos que el Bautismo es el paso obligado para entrar en la luz del Paraíso, el paso obligado para emprender rápidamente el camino de regreso a Dios Padre. En el libro “Más allá de la Gran Barrera”[1] se nos ayuda a comprender mejor esas gracias, tanto el Bautismo como cómo bautizar en Espíritu Santo y fuego —siempre por el don infinito de la misericordia de Dios— a aquellos que no lo han recibido aquí en su paso por la Tierra o en otros planetas.
Pero intentemos ver juntos qué es este Bautismo. Sabemos que es la gracia de la Redención, sabemos que es la Sangre de Jesús la que nos quita el pecado original. Jesús que dice al Padre: “Perdónalos porque no saben lo que hacen”[2] y nos devuelve las gracias para retomar el camino hacia Dios Padre, las gracias para volver a ser hijos de Dios.
En el Bautismo se despierta en nosotros todo lo que recibimos en el momento de la concepción, cuando estábamos ante Dios Padre. Y se afirma en nuestra vida que nuestra vida está sepultada en Cristo. Se nos lava, se nos ungen con aceite los ojos, la boca, el dedo, y se hace para que se despierte en nosotros toda la dinámica de la luz, de la palabra de Dios que debemos escuchar, anunciar, vivir, testimoniar, para que vuelvan a brotar en nosotros esas gracias y esa dinámica viva, repito, que ya estaba en el momento de la concepción antes de que se rompiera la alianza entre nosotros y el Padre con el pecado original.
Ya veis como todo está en función del camino hacia el Padre; el Bautismo es concretamente el comienzo y la parte fundamental para este camino, que luego es ayudado por los sacramentos, por la Eucaristía, por la oración y por nuestra actitud de desear encontrar al Padre. Se nos dan las gracias para ser liberados. El sacrificio de Cristo nos da precisamente esto, nos libera: Él vino a liberar a los prisioneros[3], a liberarlos de la influencia del maligno, a liberarlos de las tinieblas en las que entramos al romper esa alianza con el Padre. Fuimos desmemoriados, ya no entendíamos dónde estábamos, quiénes éramos; fuimos… sumergidos en las tinieblas, y Jesús nos libera: la libertad de lo que nos impedía conocer al Padre y que en aquella alianza que teníamos con Él antes de romperla, recibíamos del Padre, estábamos en comunión con el Padre; se había roto. Y el Padre, sin la intervención de Jesús —en su Redención—, ya no podía entrar en comunión con nosotros; no solo nosotros no podíamos con Él, sino que tampoco Él con nosotros, porque Él —amor, pureza, luz— no podía entrar; era necesario el Sacrificio de Jesús.
Pero estas gracias que se nos devuelven con el Bautismo —se nos devuelve la posibilidad, se renueva la alianza, a través de Jesús, entre nosotros y el Padre— son la nueva alianza. Estas gracias, sin embargo, hay que nutrirlas, hay que hacerlas crecer, no es algo mágico, se nos da la semilla, pero para que esta semilla crezca debe ser ayudada por nuestra respuesta. Debe desarrollarse a través de nuestro camino, a través de nuestra vida; pero solo puede desarrollarse si la vida es ofrecida, ofrecida no en el sentido de sacrificio, de dificultades: ofrecida en el sentido de devolverla al Padre, a través de Jesús, a través del Corazón Inmaculado de María. Una vida que queremos vivirla, que deseamos vivirla, solo para poner en el centro el retorno al Padre, el conocimiento del Padre y de Aquel que el Padre ha enviado, porque la vida es esto: conocer al Padre[4]. Por lo tanto, con el Bautismo comienza este camino.
Así pues, podemos decir que las gracias que tenemos, pero que necesitan nuestra participación, nos liberan de todo lo que nos oprime hacia abajo, de todo lo que no sirve para elevarnos hacia Dios. Con la nueva alianza que establecemos a través de Jesús, también nosotros tenemos que elegir cada vez al Padre y no elegir al mundo, elegir elevarnos y no elegir conformarnos, elegir buscar a Dios, elegir conocerlo y aprovechar de toda ocasión, de todo lo que tenemos aquí en la Tierra de material, de concreto, empezando por la vida, solo para conocer al Padre, porque todo lo demás no sirve.
Fijaos que el pecado original es uno: romper la alianza; sin embargo, si nosotros no nos empeñamos en vivir la nueva alianza con Jesús, es decir, el Bautismo y las gracias que recibimos, se comete de nuevo un pecado original, porque vuelves a romper esa alianza. Por eso, rompiendo de nuevo esa alianza, vuelves a las tinieblas, vuelves a no entender, vuelves a no poder comprender el pensamiento de Dios, vuelves a no comprender su voluntad, vuelves a no vivir inmerso en la energía primaria y en el amor, porque rompes la alianza. Jesús es fiel, Él es siempre fiel, pero si nosotros faltamos a esa fidelidad —la alianza es entre dos, entre Él y nosotros—, si nosotros faltamos, se rompe la alianza.
Así, ofrecer nuestra vida a través del Inmaculado Corazón de María Santísima es la única protección que tenemos, porque para mantener esta nueva alianza tenemos necesidad de dejar toda nuestra vida en el Corazón de María Santísima y que Ella la ofrezca continuamente a Jesús y Jesús al Padre. No hay otro camino; ninguno de nosotros puede avanzar sin este paso.
Entonces, dejemos que el Espíritu Santo nos ayude esta semana a ver cómo vivir plenamente nuestro Bautismo.
Y que Dios os bendiga y también yo os bendigo, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
[1] Cfr. Capítulo 9, El bautismo en el Espíritu Santo y fuego, págs. 185-194.
[2] Cfr. Lc 23, 34
[3] Cfr. Lc 4, 16-19
[4] Cfr. Jn 17, 3
