12. En camino hacia el encuentro con Cristo Jesús

Vivir las Gracias del Bautismo

Iglesia de Jesucristo del Universo

A cargo de Mauro

14.01.2026

Esta semana estamos reflexionando sobre qué es nuestro Bautismo, qué significa vivir las gracias del Bautismo.

Hemos dicho y sabemos que en el Bautismo Jesús renueva la alianza en su Sangre, y con esta renovación nos hace de nuevo capaces de renovar la alianza con el Padre, de encontrar el Padre, la alianza rota por el pecado original. Así pues, lo primero que podemos decir es que el Bautismo es el comienzo de un camino, y que esta renovación de la alianza es el inicio del camino. Es un camino que Jesús hace con nosotros o, mejor dicho, que Jesús hace dentro de nosotros, porque esta renovación se produce en un camino de “sí”: sí a Dios, sí a la voluntad de Dios, sí al amor de Dios, sí a su perdón. Así, Jesús y el Espíritu Santo —que es el primer don que Jesús nos ha dado— nos reconducen al Padre, nos llevan a través de estos sí, que estamos llamados a decir en cada situación de la vida, pero estamos llamados a decirlos teniendo las gracias para decirlos, porque el pecado original nos había quitado precisamente la posibilidad de permanecer fieles; habíamos entrado en las tinieblas.

Acogiendo el Bautismo, tenemos la posibilidad de decir de nuevo: “Sí, quiero encontrar al Padre, yo quiero la vida de Dios”. Renovamos esta alianza eligiendo a Dios continuamente, renovamos esta alianza permitiendo que nazca de nuestro interior todo el bien, toda la belleza que Dios mismo depositó en nosotros en el momento de la concepción, y con este despertar de todo lo que hay en nosotros —porque en cada uno de nosotros está la belleza, está la capacidad, la imagen y la semejanza con Dios, por lo tanto, la capacidad de ser hijos. Pero es en este camino que volvemos a ser hijos, resurgiendo de las tinieblas en las que habíamos ido a parar.

La base de todo este camino, lo que impulsa todo hacia adelante, es sin duda la gracia de Jesús, pero el primer paso, quizás el primer «sí», que luego se renueva continuamente, es entregar nuestra vida a Jesús, a través del Inmaculado Corazón de María. Nosotros decimos «ofrecer nuestra vida a Jesús a través de María». Pero una ofrenda en el sentido de decirle: «Guía mi vida, ayúdame a volver a ser quien era, ayúdame a vivir, a vivir en serio», no un ofrecimiento en el sentido patológico.

Siendo así, es un ofrecerse sincero, libre, un ofrecerse sin cálculos, un ofrecerse que cada vez es más total. Es, como he dicho, un recorrido, un camino. Comienza con este deseo, un deseo que crece, un deseo que nos muestra la belleza de la vida en Dios y nos aleja de todo lo que no es vida, que nos podría parecer hermoso. Es una oferta que se vuelve, repito, total, que conduce, a través de los “sí” de cada día, a hacer morir al hombre viejo, al pensamiento viejo, a hacer morir todo lo que es corrupto, de todo lo que pasa, todo lo que está mezclado con el espíritu del mundo y con la energía desintegradora, y que, en lugar de hacer surgir la belleza, siempre hace surgir el egoísmo, el egocentrismo y todo lo que luego vemos en la Tierra.

Para renovar la alianza, para volver a la vida verdadera —porque la vida es este camino, la vida es conocer al Padre y a Aquel a quien el Padre envió[1]— esta renovación de cada uno de nosotros tiene modelos, y son Jesús y María Santísima. Cada uno de nosotros debe comportarse como Jesús; cada uno de nosotros debe seguir al Hijo hasta el final, con todo su ser, para volver a ser hijo. No hay otro camino. Comportarse como Jesús, no en el sentido de que debemos comenzar a predicar, a hacer milagros, sino en el sentido de amar como Él amó. Nuestro seguirle a Él, nuestro método para medirlo, el medio para medir lo que nos sucede cada día, debe ser su amor, la relación con los demás, en todo lo que hacemos, en el trabajo, en la familia; tener siempre este amor, como Jesús amó. Permitir que este amor triunfe siempre, que venza el egoísmo, que venza nuestro pensamiento, que venza nuestro modo de hacer las cosas, que venza lo que hemos aprendido y que el mundo nos ha enseñado.

Tenemos que amar la forma de vivir de Jesús, que además esa forma de vivir, fijaos que es la Ley de Dios, esa Ley que está escrita en cada uno de nosotros. En nuestros corazones cada uno tiene esa Ley, porque cada uno de nosotros ha nacido del amor. Amar su vida, su vida dedicada a los demás, amar su pobreza en espíritu, amar todas las bienaventuranzas vividas. No puede quedarse en una teoría, debe haber el deseo de vivir así. Amar siempre, amar la vida que vivimos, amar las situaciones bonitas y también las difíciles, porque al hacerlo permitimos que el Espíritu Santo haga salir de nuestro interior nuestra identidad. Vivir la oferta libres, permitir que Jesús haga con nosotros lo que quiera, permitirle que nos lleve donde quiera, porque es inútil esconderse y la oferta es precisamente decirle: “Haz de mí lo que quieras”. La oferta es confiarle también en este camino, al final, la libertad, no porque sepamos que perdemos algo, sino precisamente porque sabemos que ganamos todo.

Es un camino que empieza con un deseo, pero que, al hacerlo, el camino de conocer al Padre y a Jesús, nos lleva a desearlo solo a Él, entregándolo todo, incluso la libertad. Nos llevará a todos, como San Pablo, a decir: “Ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí”.[2] En la medida en que morimos nosotros, nace el Hijo en nuestro interior, es Cristo vivo en nosotros. Es el camino del “Aquí estoy[3], de María Santísima, pero también de cada uno que dice: “Aquí estoy, soy el siervo, la sierva del Señor”. Es el camino del cristiano que camina hacia la creación nueva; sabe que vivirá eternamente, sabe que le espera la vida eterna si se libera del hombre viejo, del pensamiento viejo. Es el camino de todos los santos, de todos los apóstoles; recordad a San Pedro en aquel pasaje del Evangelio de Juan cuando dice: “Cuando seas viejo te llevarán donde no quieres ir[4]. Todos debemos llegar allí; camino de San Francisco, que se liberó de todo para vivir. Ahora se le llama “Alter Christus”. Es el camino de María Santísima por excelencia.

Viviendo así, renovando esta alianza con Jesús, pero manteniéndonos fieles a esta alianza, porque si no nos mantenemos fieles a esta alianza, es otro pecado original. Buscando ser íntegros llegaremos a la inmaculada pureza, llegaremos a la comunión y llegaremos verdaderamente a brillar de la gracia de Dios.

 Que María Santísima nos ayude y nos bendiga una vez más, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

[1] Cfr. Jn 17, 3

[2] Cfr. Gl 2, 20

[3] Cfr. Lc 1, 38

[4] Cfr. Jn 21, 18