La integridad del pueblo de Dios

del Libro Más allá de la Gran Barrera – de Stefania Caterina

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Para poder cumplir su misión, el pueblo de Dios, es decir, la Iglesia, debe vivir íntegro ante su Señor.

San Rafael Arcángel,

“La integridad del pueblo de Dios, que es la Iglesia, no es solo una etapa, sino una prerrogativa esencial, una condición irrenunciable para que se instaure el reino de Dios. Hablo del reino de Dios no como una fantasía o algo simbólico, sino como el poder del pueblo santo de Dios de gobernar, junto a su Creador, todo el universo.

El pueblo de Dios debe ser íntegro para que a través suyo venga el reino de Dios. No es por casualidad que la Madre de la Iglesia no solo es íntegra, sino también inmaculada. Es necesaria la pureza inmaculada, sin la cual no hay integridad. Pero es necesaria también la integridad, sin la cual no se alcanza la pureza inmaculada. ¿Qué quiere decir esto?

La pureza deriva de la acción potente de Dios. Es iniciativa suya, clarísima en María Santísima, pero también debe ser lo mismo en vosotros. No es solo una conquista, sino sobre todo un don.

La integridad, por el contrario, implica más estrechamente la voluntad humana, porque es el hombre quien decide mantenerse íntegro. Es el hombre quien con su voluntad, con su Fe, con su amor a Dios, elige vivir íntegro ante el Señor. Desea poseer la virtud, seguir el camino de Jesucristo, único Maestro, que ha manifestado al mundo el camino de la verdadera virtud y de la verdadera obediencia. Cuando el hombre, con toda su voluntad y en plena libertad, decide vivir íntegro ante Dios, Dios viene en su auxilio. De la integridad del hombre, unida a la acción potente de Dios, nace ese estado particular que es la pureza inmaculada, donde Satanás es vencido porque no encuentra acceso.

Todo el pueblo de Dios debe estar inmerso en la pureza inmaculada y para ello debe ser íntegro. No basta con la integridad de una persona, y ni siquiera la de una comunidad, sino que hace falta la integridad de todo el pueblo de Dios. Este recorre el camino de su Cabeza y Maestro, en el Corazón de la Madre Inmaculada. De Jesús no se puede decir simplemente que es inmaculado o íntegro. Él es Dios y su divinidad comprende de por sí todas las maravillas de la integridad, de la armonía, de toda virtud, porque Jesús es Dios.

Sin embargo, el pueblo entero debe ser semejante a Jesús, debe poder acceder y sumergirse en la perfección divina. La integridad es precisamente aquella puerta que permite a cada uno de vosotros y a todo el pueblo de Dios, el acceso a la perfección divina, para que el pueblo sea santo e inmaculado. De ahí surge su realeza. Dios no puede permitir que el pueblo reine con Él si no es íntegro, porque de lo contrario solo se crearía desorden.

Este es el programa de toda la Iglesia, la cual no es otra cosa que el pueblo real, que reina en el universo junto a su Creador, porque es íntegro. El pueblo se deja guiar por el Espíritu y no por el egoísmo.

La Iglesia de la Tierra afirma ser la manifestación de la Trinidad. Pero yo os digo que una cosa es la teoría y otra cosa es la realidad. A menudo la teoría no lleva a la práctica, porque falta la integridad. Una teoría puede ser perfecta, elaborada por una mente fuerte, por una refinada sabiduría humana, y seguir siendo solo teoría.

La realidad de un pueblo santo solo puede nacer de la integridad de la vida, de la inmaculada pureza, de la aceptación del sacrificio, de la comunión, de todas las virtudes que presuponen la firme decisión de cada individuo, como del pueblo entero, de vivir la santidad ante Dios, sin compromisos humanos.

Sin integridad nada se puede cumplir. Incluso las virtudes quedan como una vaga teoría. Hay personas aparentemente virtuosas, pero que en realidad no son interiormente íntegras. La integridad no es la práctica exterior de las virtudes, sino un estado del alma, que decide en plena conciencia y libertad, vivir en la verdad, guiada por el Espíritu Santo.

Nada impide al Espíritu Santo hablar incluso a una persona no íntegra. Pero no puede realizar plenamente sus planes en un alma sin integridad. Puede concederle algún don, pero la plena realización de los planes de Dios solo puede producirse a través de un alma íntegra, decidida a acoger plenamente la voluntad de Dios. Entonces el Espíritu Santo interviene con su potencia, y transforma aquella decisión en frutos auténticos de virtud, de bondad, de pureza, etc.

El hombre íntegro acepta que Dios tome posesión de su vida. Así se abre el camino hacia el pleno ofrecimiento de la vida a Dios. Se llega a la pureza, que protege de la influencia de Satanás, y a la comunión que es fruto de la vida íntegra. La integridad actualiza la potencia del Espíritu Santo en vosotros.

Dios quiere que el reino de los cielos sea una realidad. ¿Cómo? A través de un pueblo nuevo, que no se contentará más con bellas ideas, sino que pondrá en práctica todo aquello que el Espíritu sugiera; mediante la integridad y las virtudes, a través de la entrega de la vida, la pureza inmaculada, la comunión, siguiendo el modelo de María Santísima y de San José que simplemente han puesto en práctica todo aquello que el Espíritu Santo les manifestaba, mediante su sí y la santidad de la vida.

El reino de Dios no progresará si cada individuo y todo el pueblo de Dios no deciden vivir íntegros.

Os bendigo y os protejo, en el nombre del Padre, del Hijo, y del Espíritu Santo”.