13. En camino hacia el encuentro con Cristo Jesús

Iglesia de Jesucristo del Universo

A cargo de Mauro

18.01.2026

Hemos hablado de la oferta de la vida. Hemos visto que la oferta, en el sentido de consagrar la vida a Jesús, es el medio para participar y permanecer fieles a la alianza renovada con nosotros por el mismo Jesús en la Redención, en su oferta, en su muerte y resurrección en la Cruz. Es una alianza con Él que además se renueva cada día; se renueva cada vez que nos mantenemos fieles a la voluntad de Dios para nosotros. Esta Voluntad no es una carga ni una condena, sino el amor de Dios que ha previsto un camino para la recuperación de cada uno de sus hijos, para que cada uno de sus hijos vuelva a ser plenamente a imagen y semejanza con Él y pueda entrar en comunión con Él por medio de Jesucristo y vivir la plenitud. Se renueva de manera particular en la Santa Misa vivida, no tanto como un deber, un hábito, un ir en busca de gracias, sino concretamente uniéndose a Cristo, pasando a ser una sola cosa con Él, uniéndonos en el altar con Jesús.

En cada sí a Dios, a esa voluntad que a veces para nosotros, sobre todo al principio, siempre permanece un poco escondida, que se hace solo en la fe, fe en su amor, fe en saber que Él es fiel, este sí siempre renueva no solo la alianza, sino toda nuestra vida. Entonces, ¿es un sí a qué? Porque quisiera intentar decir que no es un sí a un ídolo, a un Dios que juzga. Al final es un sí a un amor que he reconocido; es también un renovar el agradecimiento a ese amor diciendo este sí, y lo hago no solo ante Dios, sino ante mí mismo y ante mi prójimo. Porque, si yo he encontrado ese amor, si lo reconozco en el hecho de que Él me ha creado, en todo lo que Él ha creado, en el hecho de que ha enviado a Jesucristo, que Jesucristo ha aceptado venir y… que aunque yo no lo entienda, quedo tocado por este amor, en el hecho que el Espíritu Santo inspira en mí todo lo bello, todo el bien, entonces mi sí es también un sí a esto que siento, es también un sí a ser fiel no solo a Dios, sino también a lo que Dios ha puesto dentro de mí.

Viviendo así, comienza en nuestro interior un proceso de integridad, ser íntegro, fidelidad, integridad. Si no soy íntegro, ni siquiera puedo ofrecerme, porque no soy fiel, porque la integridad nace precisamente de aquel sí, de aquella decisión. ¿Cuándo soy íntegro? Cuando permanezco fiel a este amor, no cuando lo digo y luego, en cada situación de la vida, hago todo lo contrario; fiel al bien y luego hago el mal, fiel al hecho que Dios quiere recuperarme y luego, en cambio, enfoco toda mi vida de forma que estoy lejos de Dios. Ahí no soy íntegro, pero no soy íntegro no sólo con Dios, sino tampoco conmigo mismo, con las palabras que digo, con lo que siento, con lo que reconozco. Si no soy íntegro, se rompe la alianza con Jesús. Jesús es fiel, Jesús se ofrece y me da la posibilidad de vivir la oferta, se ofrece y me da la posibilidad de volver a Dios, a través de Él. Si no soy íntegro, se rompe la alianza, vuelvo al pecado original.

Esta integridad, si la miramos, tampoco es una carga; no son leyes, no son mandatos, son leyes, sí, pero leyes del Espíritu que están escritas en nosotros; todas están ahí, escritas desde el momento en que nos creó, porque Dios no puede haber creado sino hombres íntegros. Dios no creó el mal, Dios no creó el pecado, Dios nos ha creado íntegros y, a través de Jesús, Jesús nos da la posibilidad de serlo, de ser hijos íntegros, no perfectos, sino íntegros. Entonces, soy íntegro con respecto a lo que está escrito en mí, a esa palabra de Jesús que resuena dentro de mí, con respecto a ese amor que he sentido y que siento dentro de mí, un amor que, estoy seguro —yo lo he experimentado, lo experimentaréis todos— se vive el deseo de darlo a los demás, de vivirlo, pero incluso aquí muchas veces uno se engaña y, para silenciar la conciencia, da un amor de manera… superficial.

Todo parte de la elección que se ha hecho con el Bautismo, porque es eso, si no, es inútil bautizarse. Con el Bautismo elegí conocer al Padre, conocer al Hijo, conocer al Espíritu Santo, conocer el misterio de la vida: el Bautismo es esto, es la fe que, a través de esa alianza, yo quiero ir a descubrir la vida. Luego, lo recibimos de pequeños en la fe de nuestros padres, pero lo renovamos en los sacramentos hasta la Confirmación. Así pues, partiendo de este deseo, soy íntegro si no pongo mis propios intereses por delante de esto, si no pongo mis necesidades por delante de esto, si no pongo las concesiones que el mundo constantemente nos propone por delante de todo esto.

Aquí uno podría pensar: Pero ¡qué difícil mantenerse íntegro! Fijaos que nuestra dificultad es desear serlo, nuestra dificultad es la fe en creer que con Jesús todo es posible[1], nuestra dificultad es estar unidos a esta alianza. La dificultad no es otra, porque ahí viene a ayudarnos el Espíritu Santo que nos protege, que nos da la fuerza para mantenernos íntegros, que nos da la luz, nos da la gracia, nos da también la alegría cuando somos íntegros, nos hace sentir bien aunque hayamos llegado con dificultad, aunque hayamos tenido que sudar, llorar, pero te da la plenitud. Esto es el don que viene de Jesús, el primer don, que es el Espíritu Santo, para vivir la alianza.

Pero manteniéndonos así, puedo deciros que se va aún más lejos; se llega incluso al don de la pureza, no como María Santísima, pero sí como un don que, poco a poco, permaneciendo fieles a la alianza, nos lleva a otra dimensión donde en cierto modo disminuyen las tentaciones de Satanás, donde ser íntegros pasa a ser natural. En este camino se llega a un punto en el que sería más difícil no ser íntegros que serlo. Es un camino: comienzas con la fidelidad y con la ayuda del Espíritu, y luego llegas a un punto que es natural ser íntegro, y dejar de serlo es más difícil que seguir siéndolo. Esto podría decirse que es la protección del manto de María, la protección de los santos, la comunión de los santos.

Cuando se llega aquí, creo que se activan otros mecanismos para mantener viva esta alianza y continuar creciendo en ella. Uno de ellos, seguro, la necesidad de empezar a dar gracias, de ser agradecidos, dar gracias a Dios, empezar a ver cómo Dios te ha llevado, cómo Dios te ha protegido, empezar a ver a Dios en tu vida, que lleva adelante la vida y que nunca te deja solo. Aquí sí, hay fe, pero incluso casi se convierte en… no puedes más que creer, no te cuesta creer. A veces te encuentras en la oscuridad, pero crees. Ahí verdaderamente tienes que dar gracias, reconocer, sobre todo reconocer su amor, el amor que guía y que nunca te deja. Cuando estás así… es bueno partir siempre positivos, no tanto haciéndonos la víctima si nos ocurre algo doloroso —¿y por qué a mí?—, sino preguntándonos por qué sí, a mí, pero en un sentido positivo, sabiendo que, si me pasa aquello, es porque todavía tengo algo por entender. Entonces, preguntar al Espíritu Santo: ¿qué quieres decirme?

El don de la integridad y el don de la inmaculada pureza (este camino, mirarlo así) ciertamente conducen al crecimiento de la comunión. La primera comunión que crece es con Dios: se empieza a conocer al Padre, se empieza a intuirlo, se empieza a comprenderlo, se empieza a sentir la presencia del Padre, la sientes, no sé cómo explicarlo. Nace también una comunión con el prójimo; es la consecuencia inmediata de la verdadera comunión con Dios Padre, comunión con quien, como tú, busca esta vida, comunión con las dificultades de los demás, con las alegrías de los demás, con la oferta de los demás.

Entonces nace la necesidad de los sacramentos, no tanto para conseguir una gracia para intentar superar una prueba, sino concretamente por la necesidad de comunión, porque en el sacramento encuentras la comunión, en el sacramento encuentras la vida del Padre, la vida de los hermanos; en el sacramento sientes que eres parte del Cuerpo Místico de Cristo, sacramento como signo de comunión, de familia, la Eucaristía y la Santa Misa en primer lugar. Una Misa vivida así, en comunión con los hermanos y las hermanas que ven las cosas de este modo, con el deseo de unirse a Jesús, porque sabes que unido a Jesús eres llevado al Padre, que unido a Jesús pasas con Él por todas las dimensiones de tu vida, por todas las pruebas, e incluso por las de los hermanos, por amor a los hermanos, por la prueba de la situación de la Tierra, que en este tiempo es tan terrible.

Luego, hay otra cosa que sucede: se producen milagros. El milagro ya no es: hago un voto, voy a Medjugorje, ayuno; el milagro es el fruto de esta vida, el milagro en una Santa Misa así es la cosa más natural, es como cuando pasaban los apóstoles y la gente, poniéndose a la sombra de ellos, se curaba[2]. El milagro es también una forma energética, en ese caso, de la energía que vibra dentro de ti, que es el amor de Dios. El primer milagro siempre es: eres liberado del egoísmo, se produce la transformación; el primer milagro es que te das cuenta de que de manera natural eres llevado a ofrecerte, que de manera natural eres llevado a la oración, de manera natural al bien, a la belleza. Este es el primer y más grande milagro. Aquí viene transformado tu pensamiento; se producen los milagros de resurrección. Algo que era imposible, un pensamiento tuyo, fijo, firme, fuerte, que cambia, cambia de repente, que comprendes, que te das cuenta de cuánto has perdido y de cuánto te puedes haber, entre comillas, “equivocado”, porque no es que te estuvieras equivocando. Creías estar haciendo lo correcto porque todavía no se había producido la resurrección. Estas cosas se producen en estos pasajes.

Y también los milagros de las enfermedades entonces son naturales, también esos, porque el cuerpo también está en contacto con esta energía primaria, con este vórtice que se forma donde dos o tres se reúnen en su nombre y viven así en una Santa Misa. Allí está toda la Iglesia, se forma energía primaria y sana también el cuerpo, huyen las enfermedades. Todo lo que es energía disgregante allí no puede quedarse, se descompone y es aquí donde se producen las curaciones también físicas. Ya no hay lugar para la energía disgregante en nuestro interior y a nuestro alrededor; se producen los exorcismos.

Con esto que hoy he dicho, también se explica el Bautismo, la alianza con Dios. Siempre volvemos a él: vivir el Bautismo, siempre volvemos a él. La vida en Dios, caminando así día tras día, hace que nazca la nueva creación hecha de criaturas nuevas, se ve el Reino de Dios entre nosotros.

 Que María nos ayude a desear mantenernos cada vez más en esta alianza y nos bendiga en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

 

[1] Cfr. Mt 19, 25-26; Lc 1, 37

[2] Cfr. Hch 5, 14-15