Iglesia de Jesucristo del Universo
A cargo de Mauro
25.01.2026
Esta vez intentaremos hablar del tiempo en que vivimos, el tiempo del cumplimiento; intentemos una vez más entrar en el pensamiento de Dios, que forma parte de ese conocer al Padre y a Aquel que el Padre ha enviado, Jesucristo, conocer su pensamiento, conocer su amor, conocer un poco cómo nos miran, cómo se mueven: su acción nos ayuda a liberarnos de muchas cargas y de muchos males.
Tiempo del cumplimiento, y desde ya hace varios años hemos hablado también de un tiempo de división que San Miguel ha iniciado,[1] y que debe continuar hasta el final, cuando los hijos de la Mujer, de la Virgen, y los hijos de la serpiente serán separados. Y de nuevo debemos hablar de dos pensamientos, que luego configuran toda la vida. Todo parte del sí en el momento de la concepción —debo empezar de nuevo desde ahí—; todo está ligado al amor del Padre que crea, que te da vida, pero junto con la vida te da la libertad, y esta libertad deja a la criatura la posibilidad de elegir si acoger ese amor que el Padre te da al darte vida y, en ese amor, sin embargo, comenzar a vivirlo; no es solo acogerlo, es vivirlo, podríamos decir encarnarlo, o elegir, por el momento —digo—, otra cosa. ¿Por qué digo “otra cosa”? Porque la mayoría de las personas no es que elijan a Lucifer y su pensamiento, eligen otra cosa, no quieren ni lo uno ni lo otro.
Sea como sea, elegir otra cosa —cuando digo «otra cosa»— es entrar en una rebelión, y la rebelión es creación de Lucifer. Lucifer, con su rebelión contra Dios, creó el mal, la rebelión, el egoísmo; creó todo lo que nos daña y que daña al hombre y a la creación. No la creó Dios. Dios no pone ante la posibilidad de elegir entre el bien o el mal, porque Él es solo el bien, te pone ante la posibilidad de elegirlo a Él y vivir para Él. Es la libertad del hombre que elige otra cosa.
A través del no de Lucifer, o del no a Dios, nació ese «otra cosa», nació todo lo que no existía; antes solo había belleza, solo había el conversar con Dios, había el estar con Dios, había el caminar junto a Dios, había el amor. Lucifer generó el mal, y de ese mal nació el pensamiento corrupto, un pensamiento egoísta, un pensamiento que solo piensa en sí mismo y que es un pensamiento ni más ni menos como el pensamiento de Dios, pero, todo lo contrario, que intenta construir un mundo.
Intentaré decirlo mejor. Nosotros, con el pensamiento de Dios, intentando colaborar con Dios, somos llamados como hombres a reescribir la historia y a construir la nueva creación. Con el pensamiento corrupto también se construye un mundo nuevo. Lucifer también propone un mundo nuevo. También Lucifer tiene a los suyos e incluso a nosotros, eh, mediante la seducción, las tentaciones, y propone construir, hacer; pero tiene raíces completamente diferentes a las nuestras. Son dos pensamientos que jamás podrán comprenderse ni encontrarse; son uno el opuesto del otro, uno contra el otro. Ahí está el choque que está por llegar a cumplimiento entre estos dos pensamientos, y ya no podrá haber nada intermedio.
El pensamiento de Lucifer, como os decía, lo construye todo, si os fijáis, a partir de uno mismo, del egoísmo; el de Dios lo hace partiendo del hecho de salir de ti mismo, de darse. El de Lucifer te quita la libertad; el de Dios sigue dejándote libre hasta el final. El pensamiento egoísta nace precisamente del odio que Lucifer tiene hacia Dios; el origen es precisamente este deseo de Lucifer de oponerse a todo lo que Dios es para ocupar su lugar.
Sé que estas son cosas que ya sabemos, pero intentad unos instantes dejar que entren en vuestro interior y también conoceréis mejor la fuerza que a veces usamos, que tenemos, cuando hablamos de la fuerza del alma. Todo lo malo nace de esta fuerza de querer enfrentarse, de querer oponerse, de no aceptar. Es todo lo contrario de la esencia de Dios, que es amor, que es el darse, que es el darse y tener más alegría en dar que en recibir,[2] más alegría viendo al otro que está bien más allá de cómo estás tú, la alegría del bien y de lo bello, donde muere el egoísmo. Esto es el amor, el amor sacrificado en la cruz.
Así pues, podría decirse que la respuesta en el momento de la concepción es elegir qué pensamiento quieres y elegir dónde quieres poner tus raíces: en el Corazón Inmaculado de María y formar parte de la estirpe de la Mujer, o en esta energía, en este poder que Lucifer te propone y te da si la aceptas.
Y es de aquí que parte la energía primaria en nosotros, si hemos elegido el pensamiento de Dios. Partiendo de la energía primaria, entramos en todo aquello que sabemos (os remito a “Más allá de la Gran Barrera”): el vórtice trinitario que te toca continuamente, continuamente te genera, continuamente quema el mal y promueve el bien;[3] las leyes del Espíritu -luz, vibración, calor-[4], todo lo que Dios ha hecho, creado para recuperar al hombre, la redención, los sacramentos, toda la historia de la Iglesia, el cristiano. Porque con el pecado original, todos estamos tocados por el pensamiento de Lucifer, nadie excluido. La redención de Jesucristo te da la posibilidad, las gracias para salir de ello. ¿Pero cómo? Solo hay un modo, esto sí que te lo pide: ofrecer la vida. Pero no ofrecerla en un sentido patológico, sintiéndote mal, y menos ofrecerla negociando.
Todavía se habla del diezmo: era una costumbre del Antiguo Testamento dar las primicias, dar la décima parte. Con el paso de Jesucristo, yo digo, no se puede hablar de diezmos, hay que darlo todo; no puedes dar una parte, tienes que darlo todo y con todo lo que ello implica. Entonces, en ese darte inicia tu retorno al pensamiento de Dios, el retorno al sí del momento de la concepción; porque, aunque hayamos dicho un sí, al entrar en la Tierra entras en el pecado original, entras en contacto con la energía disgregante. La energía disgregante, que es del pensamiento de Lucifer, te lleva al egoísmo, a un pensamiento cerrado, a un repliegue sobre ti mismo, un pensamiento que divide, un pensamiento que siempre te lleva a un enfrentamiento.
Nosotros hablamos de Cuerpo Místico. En la consagración decimos: que todos los que se encuentran en la Eucaristía sean un solo corazón y una sola alma; es la plenitud de la comunión, para todos los que reciben el Cuerpo de Cristo.
El pensamiento de Lucifer es el opuesto: yo, mi familia, mi yo, mi bien; divide, siempre divide. Creo que la Tierra sea el ejemplo: está toda fragmentada, dividida en naciones, dividida en países, dividida en lenguas, dividida en… ricos, pobres.
Con todo esto hay que decir una cosa: el pensamiento de Dios es verdad. Por lo tanto, en el pensamiento de Dios está siempre presente la verdad; no oculta nada al hombre, hace presente al hombre que debe participar en su obra. No es algo que desciende del cielo, es una petición de colaboración, es una petición de participación que no esconde las dificultades, no esconde las pruebas, todas llevadas a una dimensión de victoria, todas llevadas en la fe donde sabes que con Jesucristo ya has vencido; pero debes pasar por eso. Él ha vencido al mundo, pero quiere vencerlo en ti y contigo. Es un paso obligado.
Lucifer, por el contrario, es mentiroso; Lucifer presenta todo lo contrario y sigue haciéndolo -y no creáis que estáis exentos, nadie está exento-, presenta todas las cosas más fáciles, presenta que él lo hace todo, que él tiene el poder, él tiene la fuerza, él es el príncipe de este mundo. Te presenta que Jesús es un farsante y se presenta él como la verdad, él es la luz.
Lo digo porque a mí me ha servido, pero aquellos que son de Lucifer, que razonan según el pensamiento del mundo -que yo siempre puedo haber pensado un poco “pobrecillos, no entienden”-, mirad que en realidad lo entienden muy bien: lo han escogido; ellos piensan que somos pobrecillos nosotros, que nos hemos dejado engañar por Jesús. Lo que nosotros pensamos de ellos, ellos lo piensan de nosotros. En cierto sentido no desean salvarnos, nos creen estúpidos y sienten compasión por esos cuatro estúpidos que han decidido vivir mal cuando podrían estar bien. No es un detalle sin importancia, ¿eh? Y, sobre todo, no penséis que los que han elegido a Lucifer cuando mueran lo sabrán todo. No es cierto. Al morir, se encuentran con San Miguel, como nosotros, pero también a San Miguel le dicen: “Eres un farsante”. Y cuando llega Jesucristo lo insultan y le dicen: “Aquí está el que ha contado mentiras a todo el mundo”. ¿Cuándo se dan cuenta? Cuando se abren las puertas del infierno, allí todo queda claro, pero ya es demasiado tarde. Esto es historia, eh. Por tanto, comprended bien que cuando San Juan -que a mí me tocaba- dice: “Por algunos ni siquiera oréis” (Carta de San Juan)[5], por estos no hay que orar, porque ellos han elegido, han elegido libremente. Lucifer les presenta que incluso después de la muerte seguirán viviendo lo que han vivido aquí. Entonces, si aquí han sido buenos siendo egoístas, ganando mucho dinero, mucho poder, después continuarán, vivirán aún mejor. Y aquí podéis comprender también el concepto de los musulmanes que se hacen estallar porque recibirán sesenta vírgenes, es decir… después, todo mejor, todo.
Nosotros vivimos nuestro camino como un camino de liberación, no para estar peor de lo que podemos estar aquí o para tener más de lo que tenemos aquí, simplemente para entrar libres, sin esta opresión de la energía disgregante, para finalmente comprender a Dios, porque aquí nos cuesta entenderlo.
Este es el pecado original, esta es la influencia que tenemos continuamente sobre el alma. Acoger a Jesús, acoger su oferta, acoger su amor, nos libera de la influencia de esta energía disgregante, pero es un camino, es un camino de oferta, es un camino que requiere un sí, una adhesión continua. De lo contrario —y creo que en estos tiempos más que nunca— la energía disgregante es fuerte.
Sabéis que yo no soy… alguien que realce mucho la fuerza de Lucifer porque creo que es un estúpido, y se lo digo también ahora, pero debo decir con sinceridad que él es fuerte, su pensamiento es fuerte, su seducción es fuerte, el esoterismo es fuerte.
San Pablo, en la Carta a los Efesios[6] (quizás la recordáis), habla de Jesús que realiza una reconciliación. Parece que se puede imaginar una reconciliación entre dos pueblos, los paganos y los judíos: es una reconciliación interior, es una reconciliación dentro de nosotros, del hombre viejo y del hombre nuevo, del pensamiento viejo y del pensamiento nuevo. Jesús es Aquel que reconcilia, que trae la paz, que trae la armonía a través de los pasajes de la muerte y la resurrección. Pero en cada uno de nosotros hay esa voz de la energía disgregante; por eso, en el “Padre Nuestro” antes se decía: “Líbranos de la tentación”, y ahora: “No nos abandones en la tentación”. No es la tentación entendida como pecado, es la tentación que te viene de dentro, es ese pensamiento que siempre intenta nacer y que debes hacer morir. El pasaje es siempre la oferta, la oferta hasta llegar a ser resucitados y convertirnos en portadores de esa resurrección. Entonces, esas vibraciones, esa energía primaria se vuelve más fuerte que la energía disgregante, la aleja y silencia esa voz, silencia esa prueba.
Ya lo he dicho antes: la división que se está produciendo es el enfrentamiento final que debe llegar. Entonces, acoger a Jesús, renovar la alianza decidiendo que participamos en su acción, participar dentro de nosotros mismos con un pensamiento opuesto al del mundo, no es, como decía antes, algo patológico, no es estar mal, sino tener el deseo de acoger ese amor que está dispuesto, por amor, a subir a la cruz y vencer. Porque, no olvidemos que Jesús no nos redimió con la cruz, nos redimió con el amor; el amor que lo llevó a aceptar también la cruz, pero es el amor lo que nos redimió, no la cruz, porque ese amor lo llevó a la cruz, pero lo llevó a resucitar, a vencer, a vencer la muerte y a vencer todos los límites. Por lo tanto, ofrecer la vida no es patológico, no es estar mal, es querer vencer con el amor, es querer convertirse en amor. Pero para convertirnos en el amor, estas dos realidades dentro de nosotros deben reconciliarse y convertirse en el hombre nuevo, el hijo de Dios. Porque también nosotros somos hijos de Dios, en Jesucristo. Esto es ser cristianos.
Debo decir algo más. La energía disgregante es fuerte y Lucifer, esta energía, la lanza contra quien ha elegido ser hijo de la Mujer, quien ha elegido a Jesús; esta energía la sentimos nosotros especialmente. Esta energía tan disgregante, el pueblo de las tinieblas no la siente. Esto está bien, porque su amo no los azota, los protege de la energía disgregante; la lanza sobre nosotros la energía disgregante, no sobre ellos. Su pueblo, mientras le sirva, estará bien; cuando no le sirva, lo echará.
Lo digo para comprender, no para asustaros y que parezca que para nosotros todo es difícil, todo es fatigoso. Lo digo porque tenemos en contra a todo un pueblo, eh, que no es el pueblo nuevo. Al pueblo de las tinieblas le molesta la energía primaria, le molesta el bien, le molesta la belleza, le molesta todo lo que promueve una comunión, lo que promueve el compartir. Veis que todo el mundo va ahora en esa dirección… egocéntrica, todo está centrado…, pero van todos, ¿eh? Hemos rezado mucho por Europa, por sus raíces cristianas, y seguimos haciéndolo, pero… por ahora me parece que están ganando otras raíces. Nosotros seguimos.
Y pedimos a María Santísima no solo que esté con nosotros, junto a nosotros, sino que sepamos comprenderla cada vez más en su obrar, para que podamos colaborar, llegar a reconocer realmente su pensamiento, sus deseos, su maternidad, su manera de amar, para estar ahí también nosotros, de la misma manera, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
[1] Cfr. Mensaje de San Miguel Arcángel del 10 de septiembre de 2010, titulado “El Núcleo Central”, publicado en el libro “2012 – La elección decisiva de la humanidad”, Ed. Luci dell’Esodo.
[2] Cfr. Hch 20, 35
[3] Del libro “Más allá de la Gran Barrera”, págs. 19 a 21.
[4] Del libro “Más allá de la Gran Barrera”, págs. 229 a 221.
[5] Cfr. 1Jn 5, 16
[6] Cfr. Ef 4, 17-24
