Iglesia de Jesucristo del Universo
A cargo de Mauro
01.02.2026
(transcripción de audio)
Porqué elegir a Dios y no elegir al príncipe de este mundo. Aunque objetivamente, para vivir en este mundo es innegable que ser hijos de Dios, ser cristianos y vivir el cristianismo, humanamente no es fácil, porque todo el mundo, el príncipe de este mundo, ha hecho que sea complicado para los hijos de Dios. Entonces, ¿por qué elegir a Dios y no elegir el camino más fácil? ¿Qué es lo que tiene que suceder en nuestro interior para que elijamos la puerta estrecha y no la ancha?
Ciertamente, no tiene que ser por miedo al castigo de Dios, porque Dios no castiga a nadie; no tiene que ser por miedo a perder algo. Todo lo que empieza con miedo, todo camino, toda iniciativa que empieza con miedo, tarde o temprano te lleva al desánimo y transforma aquel “sí” que puedes decir a Dios en un “no” débil, en algo frágil, y luego te lleva a ser una persona indecisa e interiormente dividida entre un continuo “sí” y “no”. Así pues, no usemos el miedo.
Sin alargarme, la única respuesta que se me ocurre dar es: hay que elegir a Dios por amor, porque Dios merece ser amado.
La siguiente pregunta es: ¿por qué lo merece? ¿Qué ha hecho para merecer ser amado? Intento usar la razón más que la fe. Pero todos, incluido el príncipe de este mundo, Lucifer, saben que hemos sido creados por Dios; él también ha sido creado por Dios.
Otro motivo por el cual sin duda merece ser amado, además del hecho de haberme creado, es que me ha dado la vida, me ha dejado libre. Esta libertad, ya este intento que hacemos de plantear por qué elegir la puerta estrecha y no la ancha, es fruto de una libertad. Así pues, un Creador que me crea libre, que confía tanto en mí, que me ama hasta tal punto que me dice: “Te lo doy todo, elige lo que quieras”, incluso según la razón, en mi opinión, merece ser amado. Yo añadiría: merece ser conocido, porque el hecho de que me haya hecho libre y me haya creado es solo el inicio para comprender quién es, qué es, qué piensa, cómo razona, qué está haciendo ahora. Así que, ya solo estas, en mi opinión, son dos grandes razones.
Fijaos que también… creo que la última vez hablé un poco sobre quienes dijeron “no” en el momento de la concepción[1], sobre quienes se dedican precisamente al mal. Ellos saben que Dios existe. Quien sabe con toda certeza y mejor que nadie que Dios existe es Lucifer. No duda en absoluto de la existencia de Dios, simplemente quiere destruirlo; tiene esa locura de querer ser más grande que Él. Pero no es que dude de su existencia, sino que quiere destruirlo.
Este es ya otro motivo, creo, con la inteligencia, que es mejor elegir a uno que crea, que ama, que intenta por todos los medios recuperar, uno que perdona siempre, uno que me dice: ama a los enemigos[2], da con alegría[3], que me puede presentar, precisamente, lo que a nosotros nos parece la puerta estrecha. Porque, si somos honestos, la puerta estrecha es precisamente esta, ¿no?: ser misericordiosos, olvidar el mal recibido, devolver bien por mal, bendecir a quien te maldice.[4] Todo esto es lo que se presenta como puerta estrecha. Pero ¿es mejor esto o elegir a uno que tiene como único objetivo destruir? A mí me parece más bonito el primero. Es decir, ponerme detrás de uno, junto a uno -decirlo como queráis- solo para destruir… no me parece muy inteligente. Uno que no puede crear nada, solo destruye. Tiene un poder, sí, y con ese poder puede alterar las leyes de Dios, sí, pero sólo puede destruirlas, no puede hacer nada nuevo. También aquí, si uso la razón, elijo a Dios.
He dicho que nos crea libres. Nos podría surgir la pregunta: pero ¿cómo puedo conocer todas las leyes de la vida? ¿Cómo puedo conocer a Dios? Que, después de todo, es el motivo por el cual existimos, ¿no? Él nos creó para amarlo, conocerlo y gozarlo por la eternidad. Porque, siempre por amor, cuando Él crea, sea quien sea, todo lo que ha creado, en esa libertad ya ha dado un don: el don de discernir entre el bien y el mal. Nadie puede decir que ha caído en el mal, que ha tropezado con él sin culpa, porque a todos nos ha dado desde el principio la capacidad de discernir entre el bien y el mal. Por lo tanto, tú, el mal, lo eliges, tienes la capacidad, eres libre; en su amor te ha dado la capacidad; eres siempre tú quien elige. Él te dio inmediatamente la posibilidad de rechazar el mal y seguir el bien. Está dentro de ti y, si tú eliges el mal, de todos modos, en su amor permanece viva esa llama de vida —el espíritu— que te mantiene vivo pase lo que pase. Él te deja libre en tu decisión, pero te mantiene vivo, porque solo Él tiene el poder de dar o quitar la vida. Y decidme si esto no es también un motivo para amarlo. Es decir, te lo ha dado todo. Esta es la verdadera libertad.
No es necesario decir que, a diferencia de esto, Lucifer oprime a los suyos con el miedo. Miremos sólo con la razón lo que sucede ahora. Dios ni siquiera con Lucifer se enfada. Sabemos por fe que también en el último momento juzgará a Lucifer, pero con una mirada de amor,[5] no de juicio, y en esa mirada está toda posibilidad de recuperación si uno la desea. Esto es lo que nos sucede a cada uno de nosotros cuando nos equivocamos: Él te mira siempre con una mirada de amor, y en ese amor puedes empezar de nuevo. Esto también vale para Lucifer, aunque no tenga sentido, porque Lucifer, situado ahora al límite extremo de su derrota, ya no puede nada.
Os decía: quien, de lo contrario, responde con un “no” -y con cada “no” que das te alejas de las leyes de la vida, ya no puedes ni tan solo comprenderlas, ya no tienes la posibilidad de penetrarlas- en ti nace solo la ley del destruir. Entonces todo lo bello, todo lo que es justo, todo lo que a un “sí” renovado provoca paz, benevolencia, bendición, a un “no” le sucede todo lo contrario. Un “no” no puede ver lo bello; un “no” que se repite te lleva a no saber ni tan solo reconocer la belleza, el bien. Incluso lo que buscan, como la riqueza, el poder, si os fijáis, en realidad es algo construido y, al fin y al cabo, no tan bello.
Pensad en cambio en la belleza que esos “sí” dichos con sencillez descubren en una flor, en un paisaje, en la naturaleza, en el sol, la ven en el otro, esas alegrías que te dan sencillos gozos y que te llenan cada vez. Quien ha dicho “no” se ha alejado de estas leyes de la vida, pero no el primer “no”, eh, también el “no” que dice continuamente. Entonces se forma dentro de ti un vacío que debes llenar con cosas ficticias, falsas: puede que te guste una casa bonita, puede que te guste un coche elegante, puede que te guste un viaje bonito, te puede gustar mirar la cuenta bancaria con un montón de números, pero que nunca te llenan. Esta es precisamente la ley de la vida, de la luz y de las tinieblas. Y aquí, también lo digo con la razón, eh, no lo digo con la fe: elijo a Dios.
¿Cuál es el fruto de estos “no” que se repiten? Un miedo constante a perder algo, un miedo constante a que te falte algo. El miedo más grande es el de la muerte: perderlo todo. El miedo siempre conlleva inquietud, siempre… “¿Y qué me pasará? Y… ¿Qué comeremos? ¿De qué viviremos? ¿Y cómo lo haremos? Por otra parte, está la actitud casi un poco, según el mundo, un poco de locos: la alegría perfecta, la tranquilidad, la serenidad. “Estoy en las manos de Dios. Gracias a Dios. ¿Cómo va? Bien, gracias a Dios”. Todo te lleva a una dimensión de paz.
No quiero hablar de Jesucristo, solo destaco otro aspecto del porqué elegir a Dios. Porque me ha dado el Hijo, el Amor que ha cargado con nuestros pecados. Algunos podrían decir: “yo, no lo creo”. Está bien, pero como realidad histórica Jesucristo ha existido, nadie puede negarlo. Como realidad histórica, lo que hizo es historia, no es fantasía. La diferencia que hacen todos los hombres es entre decir: ¿Era el Hijo de Dios? Algunos dicen que sí, otros dicen que no, que era solo un gran hombre. Pero, incluso en este caso, también partiendo sólo con la razón, yo elijo “Jesucristo es Dios”.
Por eso digo: en la medida en que estos “sí” aumenten, disminuirán los “no”; en la medida en que nosotros respondamos con nuestros “sí”, ayudaremos a los indecisos a reconocer la luz, a escoger el bien. A medida que nosotros avanzamos, no lo hacemos contra nadie, lo hacemos a favor de todos, porque los únicos que reciben algún mal de la luz son aquellos que quieren, que eligen las tinieblas. Nosotros no imponemos la luz, sino que hacemos que la luz aumente. Y esto es de una extrema simplicidad.
La luz es también la luz de la santidad. ¿Y qué es la santidad? La santidad es cada una de nuestras decisiones con este sí, realizadas con amor en las cosas sencillas, en todo lo que hacemos cada día. ¿Qué significa decir “sí” a Dios? Decir “sí” en las acciones concretas que cada uno realiza, en sus deberes, en su identidad; -cada uno tiene una tarea, ¿verdad?, una identidad, un trabajo, tiene una misión, una llamada- realizarlos con ese “sí”, con esta fe, con amor, con bendición, por amor, sin murmurar, o al menos, enfadándonos lo menos posible. Esta es la luz de la santidad, que aumenta, que se une a la santidad de los santos que ya están en el Cielo, y que trae ayuda a los que aún están indecisos.
Entonces ¿por qué elegir a Dios? Por su amor, por nuestro amor y por amor al prójimo.
Y que María Santísima nos bendiga en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
[1] Ver la reflexión “14. En camino hacia el encuentro con Cristo Jesús. 25 de enero de 2026”, publicado en esta web.
[2] Cfr. Lc 6, 27; Mt 5, 44
[3] Cfr. 2 Co 9, 7
[4] Cfr. Lc 6, 28-29; Mt 5, 38-41
[5] Cfr. del libro “Más allá de la Gran Barrera”, cap. 15, “La Pascua de la humanidad”, pág. 298.
