Mensaje de San Miguel Arcángel, 5 de marzo de 2026
Queridos hermanos y hermanas de la Tierra,
Como siempre ocurre en tiempos difíciles para la humanidad, el Señor Altísimo me envía para manifestaros sus deseos, que son para vosotros el camino de la salvación y la luz para vuestros pasos.
La situación de la Tierra es muy crítica y vosotros mismos lo veis. Se suceden acontecimientos trágicos y cada vez más sangrientos y devastadores. En este dramático escenario, Dios espera que los cristianos despierten. Hace ya demasiado tiempo que la Cristiandad de la Tierra ha perdido su fuerza propulsora, es decir, la fuerza capaz de dar impulso a la renovación del mundo. Muchos cristianos no viven plenamente la llamada de su bautismo, es decir, la de estar unidos a Cristo para manifestar al mundo el misterio salvífico de la muerte y resurrección de Jesús. Por eso el mundo se está hundiendo en el miedo y en la desesperación, y vuestra humanidad es cada vez más rebelde ante Dios y sus leyes. Poco a poco está desapareciendo el recuerdo de Jesucristo, que se ha convertido en una desvaída figura histórica, cabeza de una religión en decadencia.
Al mismo tiempo, son olvidadas las figuras de los santos, testigos de Cristo, y sustituidas por los nuevos ídolos que el mundo fabrica continuamente: cantantes, actores, campeones deportivos y muchos otros. Vuestros niños crecen atraídos por estos ídolos y deseosos de imitar su ejemplo. Quien no consigue estar al día es descartado y considerado inútil. Muchos jóvenes se refugian en la violencia para llenar el vacío existencial y obtener por la fuerza lo que no pueden obtener de otra manera. En los casos más graves, recurren a las drogas o al suicidio. Los adultos no están mejor. La Tierra está atrapada en las garras de la guerra y de la crueldad generalizada. No me detengo más sobre esta situación que está ante vuestros ojos.
El Señor me envía a decir claramente a esta humanidad que la situación está destinada a empeorar si no se vuelve a la fe en Jesucristo, único Dios y Salvador. Como sabéis, el 2026 ha sido proclamado por la Iglesia Católica el Año del Jubileo Franciscano. Esto no ha despertado mucho interés entre la mayoría de los cristianos, que no han comprendido su importancia. Dios ha querido que el 2026 sea un año de gracia para el arrepentimiento y el perdón de los pecados. San Francisco de Asís no es un Santo para unos pocos, sino un signo para todos, creyentes y no creyentes. Su intercesión en este año ha sido prevista por Dios como una fuerza capaz de conmover a los hombres de buena voluntad.
El 2026 será un año de verificación para todos, pero especialmente para los cristianos de todas las confesiones. Ha sido concedido por el Señor como última oportunidad para que los cristianos de la Tierra expresen su pertenencia a Cristo, con un acto sincero de arrepentimiento y con el retorno a la fe auténtica y activa. Solo así se renovará la alianza entre Dios Trino y Uno y su pueblo, estipulada con la Sangre de Cristo, pero incumplida por gran parte del cristianismo, que la ha vuelto opaca y poco creíble. Cada infidelidad del pueblo enlentece los planes de Dios, que sin embargo continúa tendiéndoos la mano. Dios Padre desea ardientemente renovar la alianza con el pueblo cristiano de la Tierra, pero según sus condiciones y no según las vuestras.
Estas son, pues, las peticiones de Dios para todos vosotros:
- Volved a la fe auténtica. No es suficiente decir que se cree en Jesucristo, si no os esforzáis en vivir el Evangelio y en transformar vuestra vida para mejor. Satanás también cree en la existencia de Dios, pero vive como quiere. La fe es compromiso y testimonio para que también otros puedan llegar a la verdadera fe. Sed agradecidos a Dios y dad testimonio a vuestro prójimo de lo que Él hace por vosotros. La fe es la certeza de que Dios lo puede todo, si sinceramente creéis en Él. En cada circunstancia difícil de vuestra vida, si queréis resolver vuestros problemas, recordad siempre las palabras de Jesús: “Hágase conforme a la fe que tenéis”[1]. La fe expulsa todo temor y allana el camino a las soluciones de Dios, que siempre son mejores que las nuestras.
- Redescubrid la esperanza cristiana. ¿De qué sirve la fe si no esperáis en la ayuda de Dios y en su amorosa presencia a vuestro lado? ¿De qué sirve si no creéis que el Señor puede actuar eficazmente para aseguraros un futuro mejor? Si vuestra esperanza en el mañana es como la de quien no cree en nada, ¿qué será de vosotros? La fe y la esperanza mueven la mano de Dios y pueden cambiar vuestro destino y el de la humanidad. Empezad de nuevo a esperar en Dios y a encontrar vuestra seguridad en el Corazón de Cristo que ha vencido la muerte. Las seguridades humanas que os ofrece el mundo son falsas y pueden derrumbarse en un instante, mientras que la esperanza en Dios nunca se derrumbará.
- Volved al amor puro que Jesús os ha dado. Dios espera que los cristianos vuelvan al verdadero amor entre ellos y hacia el mundo. Muchos cristianos hablan de amor, pero luego miran para otro lado cuando se trata de acoger al hermano. Discuten entre ellos en sus propias comunidades, en las parroquias, en los conventos, en las familias, etc. Están divididos entre las diferentes confesiones cristianas y este es un hecho grave a los ojos de Cristo. Las disputas y discusiones podrían ser sanadas si los cristianos dejaran de lado las cuestiones personales o doctrinales y dejasen fluir el amor de Cristo. Recordad sus palabras: “Este es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado”[2] ¿Dónde está el amor de Jesús, el único que puede cambiar el mundo? Observad la conducta de muchos cristianos: el mandamiento de Jesús ha sido ignorado, a pesar de ser el fundamento de la vida cristiana.
- Perdonad a vuestro prójimo, aunque os sintáis ofendidos. Dios no os pide que justifiquéis el mal, sino que vayáis más allá, que abandonéis el resentimiento, que encadena vuestro espíritu y cava un foso entre vosotros y los demás. No se os pide que caminéis del brazo de vuestros enemigos, sino que abandonéis toda polémica. El perdón os libera primero a vosotros y luego a vuestros enemigos. Debéis saber que el perdón es una fuerza espiritual potentísima, que libera a la humanidad de las cadenas de la venganza y se propaga por todo el universo. Si cada uno de vosotros aprende a perdonar de corazón, esta fuerza se extenderá, tocará muchas almas y apagará las guerras. Para los cristianos, perdonar es un deber constante, no una bondadosa y ocasional concesión. Pedro dijo a Jesús: “Señor, ¿cuántas veces tendré que perdonar a mi hermano si peca contra mí? ¿Hasta siete veces?” ¿Recordáis la respuesta de Jesús? “No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete”.[3] Perdonad a todos y viviréis libres.
- Perdonaos a vosotros mismos. Muchos no logran perdonarse a sí mismos lo que han hecho, pero eso es falta de confianza en la misericordia de Dios. Por muy graves que sean vuestras faltas, la Sangre de Cristo es más potente. Jesús ya ha lavado vuestros pecados con su Sangre, los ha clavado en la Cruz. Cuando le pedís humildemente perdón y os esforzáis en mejorar vuestro comportamiento, el Señor os perdona siempre, os libera de los sentimientos de culpa y la fuerza de su Sangre os lleva más allá, hacia una vida nueva y redimida. Debéis creer esto firmemente.
- Ofreceos vosotros mismos y vuestros sufrimientos por la salvación de la humanidad. Conmoverse y llorar por las desgracias de otros o por los acontecimientos trágicos del mundo puede ser simple compasión. También los no creyentes lo hacen, llevados por el impulso de fáciles emociones. Una vez pasada la emoción del momento, lo olvidan todo y vuelven a su egoísmo. En cambio, cuando os ofrecéis vosotros mismos y vuestros sufrimientos por los demás, os convertís en corredentores con Cristo y participáis activamente en su plan de salvación. Os unís a la gran oración de Jesús que intercede por la humanidad. Este acto de amor por vuestra parte os sacará de vuestro egoísmo y dará un verdadero sentido a vuestro sufrir. Encontraréis el consuelo divino en cada una de vuestras pruebas y estaréis en paz. Salid de vosotros mismos y encontraréis nuevos caminos para vuestra vida.
- Volved a la vida sencilla. No necesitáis muchas cosas para ser felices. Vuestras casas están llenas de cosas, a menudo inútiles, y todo esto pesa sobre vuestras almas. Volved a la sencillez, a las cosas humildes, a los pensamientos sencillos. No caigáis en la trampa del demonio que suscita en vosotros el deseo y la ambición desenfrenada de poseer cada vez más. Este deseo se convierte a menudo en obsesión, luego en frustración y finalmente en ira, que desemboca en odio y guerra cuando lo que se desea se vuelve inalcanzable. Quererlo todo y de inmediato no trae paz ni felicidad, sino que suscita envidias y disputas que solo sirven para potenciar el mal. Encontrad vuestra alegría en lo que Dios os da, porque Él siempre os lo da todo, si confiáis en Él. No envidiéis a nadie, contentaos con lo que tenéis y dad gracias. Sin duda, tenéis derecho a desear lo mejor para vosotros y para vuestros seres queridos; Dios no os lo prohíbe y desde luego no os pide que seáis indigentes. Solo os pide que no apeguéis vuestro corazón a las cosas que pasan y que no desperdiciéis fuerzas para poseer lo que realmente no necesitáis. Recordad lo que dijo Jesús: “No acumuléis riquezas en la Tierra, donde la polilla y la carcoma los roen, y donde los ladrones entran a robar; acumulad más bien vuestras riquezas en el cielo, donde no hay polilla ni carcoma que los roan, ni ladrones que entren a robar. Porque donde esté tu riqueza, allí estará también tu corazón”.[4] Elevad, pues, los deseos de vuestros corazones y vuestros pensamientos.
- Respetad la vida en todas sus formas. La vida es sagrada y es la fuerza más poderosa que opera en el Universo. Custodiad y respetad la vida humana, desde el seno materno hasta la muerte. Respetad a todas las criaturas que sufren como vosotros si queréis salvar vuestro planeta. Sin fanatismos, tomad siempre partido por la vida y nunca por la muerte. Todos los seres humanos y todas las criaturas tienen derecho a vivir. Ay de aquellos que no respetan la vida, porque ofenden a Dios Creador y esto no será tolerado por mucho más tiempo. Ay de aquellos que creen que pueden decidir quién puede vivir y quién no. Nadie, excepto Dios, es dueño de la vida y nadie puede disponer de ella como quiera. Recordad que Dios está siempre al lado de quien elige la vida.
- Consagraos al Corazón Inmaculado de María. Ella es vuestra Madre y conoce el verdadero camino que lleva a Dios. Dejaos envolver por su pureza y su bondad y viviréis felices, a salvo del mal. Su potentísima oración os acompañará en cada instante de vuestra vida y en la hora de vuestra muerte. El Señor ama especialmente a quienes aman a su Madre y nunca los abandona. El Espíritu Santo está siempre presente donde está presente su Esposa María y descenderá sobre vosotros. El Padre os acogerá en el Corazón de su hija predilecta. Si María está presente en vuestra vida, también lo estará San José. Él está indisolublemente unido a la obra de María y os acompañará junto con ella. Los ángeles y los santos aman a María, que es su Reina, y estarán cerca de vosotros. Todos los justos la aman en todas partes del Universo. Hacedlo también vosotros y uníos al pueblo de María.
En conclusión, las palabras que os he dirigido no están destinadas a un pequeño grupo de personas, sino a todos los cristianos de la Tierra. Vosotros las recibís a través de este mensaje, pero serán transmitidas a todos los cristianos y a los hombres de buena voluntad. Dios tiene sus medios para llegar a quien lo desee y habla a los corazones. Pero quien no desea acoger a Dios ni cambiar su propia vida, no recibirá nada. Vivís en los tiempos en los que se cumplen las palabras de Jesús: “Al que tiene se le dará; pero al que no tiene se le quitará hasta lo que tiene”.[5]
Como os he dicho, Dios Padre desea renovar su alianza con la humanidad de la Tierra y no quiere vuestra ruina. Podrá renovar la alianza sólo con aquellos que la acojan y sepan custodiarla fielmente, sin volver a traicionarla como muchos han hecho a lo largo de la historia.
Es hora de que cada cristiano se decida a vivir según las enseñanzas de Jesús, sin más concesiones al espíritu del mundo, sin vacilaciones o profundas dudas. Podéis ser débiles porque sois criaturas, pero no traidores. El Padre no tolerará por mucho más tiempo las ofensas de esta humanidad vuestra. Quien se niegue a unirse a su alianza, quedará excluido de ella y sufrirá duras pruebas. El tiempo es breve y los acontecimientos se sucederán. Bienaventurados vosotros si os encontráis en el lado justo, el de Dios, antes de que vuelva el Señor Jesús para juzgar a cada hombre. Entonces “… A uno se lo llevarán y al otro lo dejarán”[6]. Sed valientes y Dios estará con vosotros.
Os bendigo y os protejo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.”
[1] Cfr. Mt 9, 29
[2] Cfr. Jn 15, 12
[3] Cfr. Mt 18, 21-22
[4] Cfr. Mt 6, 19-21
[5] Cfr. Lc 19, 26
[6] Cfr. Lc 17, 34
