Mensaje de Jesús del 5 de abril de 2026 – Santa Pascua de la Resurrección del Señor
Yo soy la vida
“Queridos hijos,
¡Paz a vosotros! He resucitado por vosotros, para traeros la Vida, porque yo soy la Vida. Soy la luz de este mundo, que hoy parece sumido en las tinieblas, pero mi luz resplandece. Los ojos de los hombres malvados no pueden verla, porque sus ojos están en la oscuridad, pero yo deseo que vuestros ojos sean nítidos, que estén abiertos. Deseo que estén preparados para ver la vida que resplandece en todas partes, en los hombres buenos, en los justos que hay en todo el universo, en las criaturas, en la belleza de todo lo que os rodea. Allí resplandece mi luz. Hoy quiero dirigiros palabras de Vida, porque mis palabras son espíritu y vida (Jn 6, 63).
Hijos, ha terminado el tiempo del silencio para el pueblo de Dios. Ahora mi pueblo debe hablar y anunciar que yo he resucitado, porque no hay otra esperanza para la humanidad que mi resurrección. Yo soy la resurrección y la vida (Jn 11, 25). Sea cual sea la situación en la que os encontréis, incluso la más dolorosa y difícil, yo soy la vida y estoy en vosotros. Estoy aquí por vosotros, para daros de nuevo fuerza y esperanza. No os dejéis aterrorizar por las cosas que suceden en el mundo. Satanás está desesperado porque sabe que su reino está llegando a su fin. Por eso lanza su ataque final sobre la humanidad, sobre esta Tierra donde volveré glorioso. No os preocupéis, no temáis.
Abrid las puertas de vuestros corazones, las puertas de vuestras casas, vuestra mente; abrid todo lo que podáis para acoger a los hombres de buena voluntad, a mis hijos. Estos van deambulando por la Tierra y por el universo en busca de un poco de agua, porque tienen sed de vida. Yo soy la vida, nací, morí y resucité por vosotros, para daros la vida. Tengo el poder de levantar a quien ha caído, de perdonar a quien ha pecado. No hay enfermedad ni dolencia, no hay nada que pueda impedir que mi poder actúe. Os digo lo que dije a mis apóstoles: nada es imposible para quien tiene fe (Mt 9, 22). Pero el mundo no tiene fe en mí y me rechaza. Cuento con vosotros, con todos vosotros que sois mi pueblo.
Os he dado un cuerpo en esta Tierra y os he pedido que me ofrezcáis vuestro cuerpo. Lamentablemente, la gente cree que eso significa que os hago enfermar o que os causo algún dolor. No, hijos míos, no se trata de eso: os he dado un cuerpo para que seáis mi cuerpo en esta Tierra. Para que vuestros ojos sean mis ojos que miran el mundo, vuestras manos sean mis manos que tocan el mundo. Para que vuestros pies sean mis pies que siguen caminando sobre la Tierra.
Ahora es el momento de utilizar vuestro cuerpo para mi gloria, para dar una palabra al desanimado (Is 50, 4), para levantar a quien ha caído, liberar a los prisioneros, descender al infierno de todo hombre y liberarlo, porque yo soy la vida.
Y os pido que resucitéis conmigo. Os ayudaré. Hijos míos, si no comprendéis que la fuerza de la vida es más fuerte que la muerte, no podréis resucitar. Es vuestra fe la que os hace resucitar. Os ayudaré a hacerlo. Sabed que el Padre da la vida, el Espíritu Santo la santifica, pero soy yo, el Salvador, quien resucita la vida. Yo, el Cristo viviente, resucito la vida porque he resucitado.
Hijos míos, hoy os envío a todos a recuperar hasta al último de esta Tierra. No temáis acercaros a los pecadores ni a quienes os parecen indignos. Nadie es indigno; en cada hombre, por pequeño y despreciado que sea, está la imagen de Dios. No hagáis favoritismos, como yo no los hago. No os fijéis en si uno es fuerte, sano, hermoso. Eso lo hace el mundo, pero yo me fijo en el corazón, miro lo que es hermoso en vosotros. Deseo que resurja vuestra belleza interior, porque sois hijos de Dios, hijos de la resurrección. Sois hijos de mi gloria y no permitiré que nadie os robe esta gloria.
Y ahora os envío en paz y os bendigo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.”
