Estáis llamados a vivir

Finale Ligure, 7 de agosto de 2026 – Solemnidad de Dios Padre

Mensaje del Padre

“Queridos hijos,

Gracias por estar aquí conmigo. He querido estar hoy con vosotros para deciros que debe comenzar un tiempo nuevo para todos vosotros y para toda la humanidad. Se os ha dicho muchas veces que la vida debe empezar de nuevo y que comienza un tiempo nuevo. Lamentablemente, como veis, la humanidad sigue oponiéndose obstinadamente a cualquier novedad, a todo aquello que pueda hacer resurgir la vida.

Ahora, sin embargo, ha llegado el momento en el que la vida ya no puede verse frenada por nada ni por nadie. Yo soy la vida y soy más poderoso que cualquier muerte. Hoy os llamo a hacer resurgir la vida en cada uno de vosotros y entre vosotros. Debéis oponeros a la muerte, porque la vida nunca debe detenerse. Si la vida se detiene, toma el relevo la muerte y yo no quiero que eso le suceda a ninguno de vosotros. Todo lo que habéis vivido hasta hoy, especialmente en los últimos tiempos, debéis olvidarlo. Yo hago nuevas todas las cosas y las cosas del pasado ya no cuentan (Is 43, 18-19).

Os perdono toda culpa. Cuando os perdono, dejo atrás todo lo que hicisteis, no lo recuerdo más. Vosotros también debéis hacer lo mismo: cuando pedís perdón y cuando perdonáis, debéis dejar atrás cualquier cosa que vuestro corazón os reproche. El perdón no es algo abstracto, sino una fuerza cósmica que anula todo tipo de muerte. El perdón es liberador, porque libera la vida. Cuando no perdonáis, cuando os culpáis a vosotros mismos o echáis la culpa a los demás, la vida se paraliza y se ve ofendida. En cambio, cuando tenéis la fuerza de perdonar, con aquella fuerza que solo Dios puede daros, la vida renace. Es eliminada esa roca que se llama muerte.

No miréis más al pasado, mirad al futuro. He preparado un futuro hermoso para la humanidad y no importa si ahora no lo veis, porque para llegar a la luz es necesario atravesar las tinieblas. Esto es lo que os enseñó mi Hijo, que tuvo que pasar por la muerte para llegar a la luz radiante de la Pascua.

Ante vosotros se encuentran la vida o la muerte y debéis elegir. Ya no hay tiempo para girar en torno a vosotros mismos, a las heridas, a las ofensas, a lo que se ha dicho o se ha hecho, a lo que habéis hecho o que otros os han hecho. ¿Os dais cuenta de cuánto tiempo perdéis así? Si elegís la vida, ella misma lo vencerá todo y ya no habrá lugar para nada más que para la vida misma. Si no hacéis esto, no puedo enviaros a llevar la vida a otros. ¿Cómo podréis llevar la vida si en vosotros todavía hay muerte?

Os ruego que erradiquéis de vosotros todas las impurezas, todo aquello que impide que la vida fluya libremente en vosotros. La vida es como el agua escondida en las profundidades de la tierra: hay que llevarla a la superficie para que brote. Y la vida se da a todos, igual que el agua, que no hace distinciones. Lo mismo vale para vosotros: id y dad a otros la vida, porque hay muchas almas que esperan. No necesitáis muchas palabras ni grandes sermones. Debéis simplemente ser radiantes, como radiante es la vida. Es hora de que la humanidad resurja, pero no puede hacerlo si no es a través de la Iglesia de todo el universo, que debe ser portadora de mi vida.

Os bendigo y os acompaño en todo. Os perdono por todo. No debéis temer nada, porque la vida nunca teme la muerte. Y si la muerte llama a vuestra puerta, enviad la vida a abrir. Oponed la vida a la muerte y esta no os tocará. Estoy a vuestro lado. Os he dado todo para poder vivir una vida feliz, libre, grande y poderosa. Ahora os toca a vosotros llenar vuestras manos de mis dones y empezar a distribuirlos y a disfrutarlos, porque deseo que disfrutéis de la vida, de la felicidad y de todo bien que de mí proviene. No ensuciéis mis dones con vuestra infelicidad. Estáis llamados a vivir. Os he dado la vida para que la viváis, no para encerrarla en un cajón. Id con la fuerza de la vida.

Os bendigo, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.”