A La Nueva Creación

a cargo de Stefania Caterina y Tomislav Vlašić

Te son el pueblo santo

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Queridos lectores:

los saludo y les propongo un nuevo mensaje de Jesús para ustedes. Creo que les ayudará a vivir en la comunión fraterna y a ser más concientes de la misión que nos ha sido reservada como miembros de su pueblo.

Les auguro una santa y feliz Navidad y un nuevo año colmado de la bondad y de la gracia de Dios. Augurios para todos ustedes y para todas sus familias.

 

Mensaje de Jesús del  12 de noviembre de 2010-

SACERDOTES PROFETAS y REYES

“Queridos hijos míos:  ya les he dicho que son el templo vivo de Dios. Demos ahora un paso más adelante. Deseo ayudarles a comprender que cada uno de ustedes si me ama y me sigue, es parte del pueblo de Dios. ¿Por quién  está integrado este pueblo?  Por todos aquellos que adoran a mi Padre, que me reconocen como Hijo de Dios y Redentor y acogen al Espíritu Santo.

El pueblo de Dios es un pueblo inmenso. El abarca muchas realidades y no está limitado solo a la Tierra. De él forman parte, primero de todo, mi Madre y la Madre e ustedes, María Santísima que es la alegría de mi corazón y la diadema de mi pueblo. Comprende a los ángeles y a sus hermanos del paraíso y del purgatorio. Comprende también a otros hermanos, hombres como ustedes, creados a imagen y semejanza de Dios, que viven sobre otros planetas del universo y que sirven fielmente a su Creador; no los conocen todavía, pero algún día los verán. También por ellos he dado la vida,  encarnándome, muriendo y resucitando sobre la Tierra, de una vez para siempre, con el fin de redimir a la humanidad entera del universo.  ¡No se escandalicen de estas palabras mías! Sepan que  mi Padre no conoce limites para crear y que su vida colma el universo. Les hablaré de esta realidad en otra ocasión, porque  esto es muy importante para la vida de ustedes.

Por ahora sepan que este pueblo tan grande forma la Iglesia Universal que es mi Esposa y mi Cuerpo Místico. Ustedes forman parte de esta realidad inmensa en virtud del bautismo que los ha sumergido en mi vida, permitiéndoles participar plenamente en la gracia de la redención. Esta gracia, sin embargo, debe dar frutos durante sus vidas, y transformarlos en criaturas nuevas, en miembros vivos de mi Cuerpo.

En el momento del bautismo  fueron ungidos para ser  sacerdotes, profetas y reyes. Por esto  mi pueblo  es un pueblo sacerdotal, profético y real.

Es un pueblo de sacerdotes porque participa de mi  sacerdocio. En efecto: Yo Soy el Sumo Sacerdote, aquel que ha ofrecido al Padre el sacrificio de la vida por la salvación de cada hombre. Por esto, quien se ofrece conmigo es sacerdote junto conmigo. ¡Piensen bien esto! Cada uno de ustedes, varón o mujer, si  me quiere sinceramente y desea entregarse a mí, participa plenamente de mi sacerdocio.

Este es el sacerdocio real de mi pueblo, que hace de cada uno de ustedes un sacerdote, cuya misión es la de ofrecer al Padre, por medio mío, todo aquello que está en ustedes y alrededor de ustedes, sus alegrías, los dolores, las fatigas,  las personas que aman, e incluso a sus enemigos, las criaturas, la vida y la muerte; todo puede resultar un regalo que sus manos sacerdotales elevan al Padre, junto a mi Sacrificio. Sobre este ofrecimiento de ustedes desciende  el fuego del Espíritu Santo y  consume la ofrenda, cuyo perfume llega al trono de Dios.

Cuantos entre ustedes son sacerdotes ministeriales, como los obispos, los párrocos, etc ejercitan el sacerdocio como ministerio, o sea, como servicio a la comunidad de los fieles y presiden  la celebración eucarística. Su primer deber  es el de ofrecerse a sí mismos a mí por el pueblo. Yo soy el Pastor que ofreció su vida por las ovejas. Cada pastor debe ofrecerme su vida por las ovejas. Los sacerdotes ministros acompañan espiritualmente al pueblo para conducirlo a la comprensión de su misión sacerdotal; lo ayudan a llegar a la plena madurez; a la conciencia y al ejercicio del sacerdocio real. Pero el sacerdocio ministerial no es diferente de aquel de los miembros del pueblo, más aún, el sacerdocio real del pueblo es el fundamento del servicio ejercido por el sacerdote ministro.

Deseo que se hagan concientes que la Santa Misa es celebrada por el pueblo, en unión con el sacerdote que preside la celebración. Por esto, cada uno de ustedes, en el momento  del ofertorio, a través de las manos  del sacerdote ministro, y en comunión con él, se eleva a sí  mismo a Dios ofreciéndole lo que lleva en el corazón. Piensen en esto: tienen la  posibilidad de ser sacerdotes, o sea, de aquellos que recapitulan en Cristo las alegrías, los dolores, las obras buenas, la vida misma en nombre de toda la humanidad que en ese momento cada uno de ustedes representa frente a Dios. ¡Cuántas personas, cuántas situaciones pueden ofrecer en la santa Misa pidiéndole a Dios  que haga descender su gracia sobre cuantos tienen necesidad! ¿Son concientes de esto, se lo han enseñado? No me parece; a juzgar por sus celebraciones frías, distraídas, apresuradas, como un rito que los aburre, que no les pertenece y al cual asisten pasivamente por obligación o por  costumbre. Las iglesias resultan para muchos de ustedes lugares de encuentros superficiales, de charlas que perturban y no lugares sagrados de silencio y de plegaria.  ¡No hijitos, no hagan esto! Comprendan en cambio su rol sacerdotal, comiencen a vivir de modo diferente la santa Misa; entren  en la  iglesia concientes de la grandeza de su misión sacerdotal.

La misión sacerdotal del pueblo no se agota con la celebración eucarística, sino que continúa en la vida de cada uno, con el ofrecimiento a Dios de la vida, a través de María Santísima. En cada momento, en el templo de su persona, sobre el altar de su espíritu, ofrezcan a Dios su cuerpo y su sangre como el pan y el vino para la celebración de una larga Misa, la de su vida, una liturgia viviente  que se  cumple en cada uno de ustedes, si está entregado a Dios.

Mi pueblo es un pueblo de profetas. ¿Qué significa esto? Quiere decir que en ustedes está presente el Espíritu Santo, que los hace capaces de comprender y comunicar a los demás los deseos, las advertencias de Dios; los hace capaces de leer los signos de los tiempos. Para llegar a esto hay siempre una sola manera: ofrecer la vida a Dios a través de María Santísima. Ella es la esposa del Espíritu Santo, que los une a mí; y Yo les comunico lo que precisan para valorar las situaciones, y para saberlas leer a la luz de mis pensamientos.  Así ustedes conocen mi voluntad y pueden ayudar a os demás a comprenderla. El profeta es aquel que vive en unión conmigo, y por eso sabe captar los deseos de Dios y sabe comunicarlos al prójimo, orientándolo  hacia mí. El profeta es aquel que vive plenamente  la entrega de sí mismo a mí y se identifica con mi Espíritu. Vive sin malicia delante de Dios, sin usufructuar las gracias y los dones de Dios plegándolos a su egoísmo. Viven en comunión con sus hermanos y ejerce su ministerio profético  al servicio y para la edificación del pueblo.

¿Cuántos de ustedes saben que son profetas? Pocos. Sin embargo son un pueblo de profetas, pero nadie se los ha enseñado. En los albores de la Iglesia sobre la Tierra, el Espíritu Santo descendía sobre las primeras comunidades y guiaba al  pueblo de Dios a través de sus miembros; cada cual ejercitaba el don de la profecía, y la Iglesia caminaba  en la verdad, guiada por mi Espíritu. ¿Y ahora? La profecía se ha apagado en mi Iglesia, sustituida por discursos humanos que no dan fruto; ha sido dejada de lado como un instrumento inútil, oculta a la vista como se hace con el enemigo. Sin embargo, les repito que son un pueblo de profetas. Ábranse entonces a la acción del Espíritu Santo, háganlo con humildad, sin fanatismos ni coherciones. Ofrézcanse a si mismos y despójense de su egoísmo y de sus astucias, de sus ambiciones, de su narcisismo: estas cosas son desagradables al Espíritu Santo. El sabe bien  lo que puede y lo que debe cumplir en cada uno y en el pueblo de Dios para hacer crecer la semilla de la santidad. Pídanle que guíe sus vidas y la de su pueblo. El lo hará y los conducirá hasta mí, les hablará de mí y ustedes podrán hablar de Dios a cuantos los escuchen. Así crecerá mi pueblo y será un pueblo santo. Entonces los profetas se levantarán de nuevo en las asambleas y manifestarán los deseos de Dios. Deseo hablar a mi pueblo y enseñarles en lo íntimo de cada uno de ustedes porque yo soy el único Maestro y soy también el Señor. Tengo todos los derechos de hablar directamente a mi pueblo y lo haré. Por eso, despiértense y tomen conciencia  de su misión y de su dignidad.

Mi pueblo es un pueblo real. ¿Comprenden esto? Ustedes participan plenamente de mi realeza, porque Yo soy el Rey del Universo. Todos ustedes, sin exclusión de nadie, están llamados a reinar conmigo. Así debería haber sido desde el origen: el hombre creado por Dios, debería haber gobernado la creación en nombre de Dios. ¡Qué inmenso privilegio y qué realeza! Pero el pecado original no  permitió nada de esto, y el hombre de la Tierra, de rey se transformó en tirano, pequeño y feroz, que pretende dominar, no a nombre de Dios sino contra Dios.

Después de mi muerte y resurrección  ascendí  al cielo  y reino en la gloria junto a mi Padre y al Espíritu Santo. A  mi gloria he llevado también  la humanidad de ustedes que he tomado sobre mí. De este modo los he rehabilitado frente a mi Padre y Padre de ustedes, permitiéndoles volver a reinar conmigo y a través de mí. Ahora les toca a ustedes elegir: si se entregan  a mí, reinarán conmigo. Si rechazan hacerlo, continuarán siendo  esos pequeños tiranos que devastan la Tierra, siempre en lucha con vuestros semejantes, que se consideran más fuertes que ustedes.

¿Qué esperan  entonces para entregarme sus vidas? ¿No les parece grande el destino que les he reservado? Yo no los fuerzo nunca, porque respeto la libertad de ustedes. Por eso esperaré sus respuestas. Lo que les digo, lo digo por el bien y la felicidad de ustedes porque Dios no desea otra cosa para ustedes, y no los frustrará nunca.

Los bendigo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”.

Autor: .

Profesor de Filosofía, Piloto Civil, Profesor de letras clásicas.

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