1° de noviembre de 2012 – Solemnidad de Todos los Santos

Lecturas: Ap 7, 2-4. 9-14; Sal 24; 1Jn 3, 1-3; Mt 5, 1-12a

Padre Tomislav: Hoy celebramos la fiesta de Todos los Santos, y no solo de los santos canonizados, sino de todos aquellos que han alcanzado la plenitud en el Paraíso, la plenitud de la vida bienaventurada. El Paraíso y la santidad de Dios son una fuente del poder de Dios que se derrama sobre nosotros, que se derrama sobre todo el Universo.

Veamos qué es la santidad: es la integridad de la vida en Dios, por eso es la plenitud de la vida. Por eso, nuestra llamada no puede ser otra cosa sino la llamada a la santidad, a la integridad de la vida en Dios. Y, por nuestra parte, se concreta en el ofrecimiento, en la elección íntegra de Dios, para recibir la vida inmaculada, y en la comunión fraterna.

Intentemos extraer de estas lecturas aquello que nos ilumina y nos sirve para sumergirnos en esta comunión con los santos. En el libro del Apocalipsis se dice: «Vi a un ángel que subía del oriente y tenía el sello del Dios vivo». Tenía la misión de sellar a los elegidos, pero ¿qué es este sello? Es el sello que hemos recibido en el momento de la concepción y que ha determinado nuestra identidad en Dios y nuestra plenitud. Luego, a lo largo de nuestra vida, hemos recibido otros sellos que despertaban este sello, esta huella en nuestro interior, lo fortalecían y protegían lo que Dios había puesto en nosotros; es muy importante comprender que el sello no es algo mágico que viene del exterior, sino algo que la gracia pura imprime en las personas que eligen a Dios, conscientemente, a medida que crecen, y este sello se manifiesta y nos convierte a todos en elegidos, a todos los que son llamados los convierte en elegidos!

En la visión de San Juan el apóstol se presenta una multitud, una multitud que ha despertado en la fe y proclama: «La salvación pertenece a nuestro Dios, que está sentado en el trono, y al Cordero», esta es la conciencia, la memoria despertada en la fe, en la esperanza, en el amor. ¿Y dónde se despierta? Se despierta en las tribulaciones, tal y como se expresa aquí: «Son aquellos que han pasado por su tribulación y han lavado sus vestiduras blanqueándolas con la sangre del Cordero», ¡o participando en el sacrificio de Cristo, en la sangre del Cordero!

Alla proclamazione degli eletti si aggiungono tutti gli Angeli che in una forma liturgica esprimono: “Amen! Lode e gloria, sapienza, azione di grazie, onore, potenza e forza al nostro Dio nei secoli dei secoli. Amen.” Allora tutto il popolo di Dio e tutti gli Angeli confermano che la salvezza viene da Dio e viene data a coloro i quali hanno partecipato alla vita di Dio, fedelmente.

A la proclamación de los elegidos se suman todos los ángeles, que en una forma litúrgica expresan: «¡Amén! La alabanza y la gloria, la sabiduría, la acción de gracias, el honor, el poder y la fuerza son de nuestro Dios, por los siglos de los siglos. Amén». Entonces, todo el pueblo de Dios y todos los ángeles confirman que la salvación viene de Dios y se concede a aquellos que han participado fielmente en la vida de Dios.

San Juan apóstol, en este pasaje de su primera carta, subraya que somos llamados hijos de Dios. Llamados en la fe y, al mismo tiempo, hemos tomado conciencia de que somos hijos de Dios. ¡Esta es nuestra conciencia, nuestra identidad y nuestra nobleza! Por eso podemos ser felices, podemos ser bienaventurados ya en la Tierra, porque en nosotros esta conciencia está viva y, al mismo tiempo, caminamos hacia esa plena realización al final de los tiempos.

«Sabemos, sin embargo, que cuando Él se manifieste, seremos semejantes a Él, porque le veremos tal y como Él es». ¡Ahora nuestra tarea es mirarlo en la fe! Es lo que la Virgen María ha presentado como el futuro inmediato: la participación en espíritu. «Quien tiene esta esperanza en Él, se purifica a sí mismo, así como Él es puro». Quien tiene esta conciencia entra en ella; en esta luz es purificado y liberado de las tinieblas.

Decidme quién puede haceros bienaventurados, quién puede haceros elegidos: ¡nadie! No os hace bienaventurados, elegidos el hecho de estar en un núcleo, ni tampoco el hecho de esperar la llegada de los hermanos de forma física. Tampoco todos los Santos pueden haceros bienaventurados, ni tampoco Dios puede haceros bienaventurados. He aquí la respuesta de cada uno de nosotros. Es este el punto firme de nuestra seguridad, de nuestra conciencia. Esas profundidades en nuestro íntimo, toda esa belleza que Dios ha puesto en la originalidad de cada uno de nosotros solo puede aflorar cuando cada uno de nosotros sumerge continuamente su intimidad en una relación con el Dios vivo, que es la fuente de la vida, de la santidad. Y ninguno de nosotros puede sustituirnos para caminar en nuestro lugar, nadie puede crecer en nuestro lugar.

Todos los santos, todos los instrumentos se nos han dado para asegurar nuestro camino si así lo queremos. Así pues, hoy, en comunión con todos los santos, se espera nuestra respuesta a Dios, pero no una respuesta con palabras, sino como una elección íntima, profunda, la responsabilidad que nadie puede quitarnos, ni siquiera si caminamos de dos en dos, de cuatro en cuatro, en un núcleo, llamémoslo perfecto. Todo se convierte en engaño para nosotros si en nuestro interior no se despierta nuestra originalidad, ese sello, esa huella impresa en nosotros, en nuestro espíritu, en la creación del mundo. Ese sello debe ser despertado por nuestra propia responsabilidad y debe traer en nosotros la respuesta, la proclamación de la grandeza de Dios.

Llegados a este punto, quiero volver de nuevo a lo que presentó San Pedro; ayer lo mencioné. Él da testimonio de que ellos, los apóstoles, no podían sostenerse sin la oración de la Virgen María, ¡pensadlo un poco! ¿Qué significa una persona que se despierta en su relación con Dios y lleva a los apóstoles en la oración? ¡Pensad en ello especialmente vosotras, hermanas, que os ofrecéis para el sacerdocio nuevo!

Quiero volver a poner ante nuestra mirada a San Pablo: es un apóstol que no caminó con Jesús, que no lo conoció físicamente, pero que se dejó despertar y despertó a otros apóstoles. Pensad en los futuros sacerdotes: no pueden ser figuras propuestas por alguien, sino personas despertadas en lo más profundo de su ser, despertadas en su identidad en Dios. Las personas que acogen esta enorme fuerza de santidad de los santos y saben acogerla, encarnarla, derramarla sobre el pueblo y, al mismo tiempo, recoger los frutos del pueblo, elevarlos para aumentar la santidad. En el futuro, ninguna figura puede surgir según nuestros deseos, según nuestros conceptos, sino según la elección de Dios, que valora y promueve lo que existe desde el origen, aquella unción del momento de la concepción. Esto vale para los sacerdotes servidores, esto vale para cada uno, para cada hermana, cada hermano, pues la paternidad y la maternidad que hay en cada uno es divina, no humana.

Así pues, hoy quiero que pidamos, que recemos a todos los santos para que en cada uno de nosotros se despierte esta responsabilidad de estar inmersos en el Espíritu Santo y de vivir esa inmersión con una disciplina, de modo que el Espíritu Santo nos utilice como instrumentos, sea individualmente, sea como núcleo, para derramar continuamente la santidad sobre la humanidad.