A La Nueva Creación

a cargo de Stefania Caterina y Tomislav Vlašić

LA LUZ DE LA VIDA

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a cargo de Stefania Caterina

Queridos Lectores:

El Espíritu Santo en el siguiente mensaje continúa hablándonos del momento de nuestra creación. Subraya, una vez más la importancia de nuestras elecciones, ya sea en el momento inicial como en el curso de nuestra vida terrena. Nos habla también de las leyes que regulan la creación y nuestra propia vida.

Del mensaje surge toda la grandiosidad del amor de Dios, su nobleza y su bondad. La potencia creadora de la Santísima Trinidad nos llama a la vida y nos sostiene en cada instante de nuestra existencia terrenal; y no solo: nos introduce en la eternidad envolviéndonos en su luz. Nos toca a nosotros mantener vivo el contacto con Dios, mediante la fe, para vivir en armonía con sus leyes. Así somos verdaderos hijos de Dios.

Os auguro que descubráis la vida de Dios en vosotros y que os dejéis llenar siempre con su luz para que cada uno resulte colmado de la potencia divina que crea y recrea cada cosa y nos vuelve testigos de su grandeza. Así, todos juntos, resultaremos el verdadero pueblo de Dios, real y sacerdotal, aquel pueblo que Dios desea.

Os saludo y os bendigo en Cristo.

Mensaje del Espíritu Santo, del 29 de febrero de 2012-

“Os saludo y os bendigo. Deseo continuar con vosotros la conversación sobre la vida humana que es de gran importancia para cada uno de vosotros.(1)

Os he explicado que vuestra existencia tiene su origen en la gran vibración de la vida, que Dios imprime en vosotros en el momento en que os crea. En esta vibración está contenida la potencia creadora divina de la Santísima Trinidad.
Es el impulso primario que da inicio a la existencia de todo ser viviente; como tal, comprende en sí la acción de las Tres Divinas Personas. A partir de este instante comienzan a operar en vosotros las tres grandes leyes del universo; la ley de la LUZ, del SONIDO o VIBRACIÓN y del CALOR. Son leyes espirituales y naturales, simultáneamente, y gobiernan la creación entera. (2)

La vibración de la vida no agota su acción en el momento de la creación, sino que se renueva en cada instante de la vida; es necesario, entonces, que sea continuamente alimentada, porque ningún ser viviente podría hacer a menos. Así, después del primer impulso, semejante a una tremenda descarga que da origen al ser, la vibración de la vida se renueva incesantemente, mediante la acción específica de las Tres Divinas Personas.

El Hijo de Dios, Jesucristo, segunda Persona de la Santísima Trinidad, mantiene constante la intensidad de la vibración de la vida. Jesús, Verbo de Dios, con su Palabra que llena el universo, imprime continuamente en cada ser creado la VIBRACION de su amor. El amor de Cristo regenera porque redime, y vence el mal en las criaturas; sostiene cada ser viviente, ángeles, hombres y todas las criaturas. La vibración que emana del Hijo de Dios, y que es transmitida a la creación entera, es la expresión más sublime del amor del Padre, porque el Hijo vibra al unísono con el Padre, en el Espíritu Santo. Si Jesús no comunicase más su amor al universo, este cesaría de vivir.

El amor de Jesús vibra en cada punto del universo, y alcanza a todo ser viviente; contiene toda la potencia necesaria para alimentar el espíritu, el alma y el cuerpo del ser humano. Su intensidad está proporcionada a la estructura de cada hombre en particular, pero también a su respuesta en el momento de la creación, así como a las elecciones en su vida. Esto significa que el hombre que pronuncia un sí convencido a Dios en su inicio, acoge a Jesucristo y permanece fiel a El, recibirá una vibración de mayor intensidad que lo sustentará en el cumplimiento de su misión. Al contrario, el hombre que no acoge ni a Dios ni a Jesucristo, recibirá una vibración más débil; no porque Dios lo castigue, sino porque su espíritu estará más cerrado, y por ende, incapaz de recibir una vibración más potente. Será como un recipiente pequeño que corre el riesgo de romperse si está muy lleno.

Dios respeta vuestra libertad. Sabed, sin embargo, que el uso de la libertad tienen un precio y debéis ser concientes de las consecuencias de cada una de vuestras elecciones. Muchas veces hacéis elecciones equivocadas porque queréis ser libres e independientes de Dios; después sufrís las consecuencias y murmuráis contra Dios, como si fuese Él el culpable de vuestras elecciones; pero no es así y lo sabéis bien. Por tanto no seáis hipócritas y asumid la responsabilidad de vuestras elecciones y de las consecuencias que se derivan, de otra forma quedaréis inmaduros e indecisos.

En la vibración de la vida está también incluido el CALOR que emana de mí, el Espíritu Santo, Tercera Persona de la Santísima Trinidad. El calor es el elemento que le permite a la vida brotar y mantenerse ininterrumpidamente. Sabéis bien que sin el calor del sol la vida sobre la Tierra cesaría. Lo mismo sucede en vuestro espíritu, en el alma y en el cuerpo: sin mi calor, que transmite amor, inteligencia y fuerza, seríais como muñecos sin vida; mi calor os envuelve y dirige cada proceso biológico de vuestro ser, desde los primeros instantes de la vida. Alimenta vuestra vida y la orienta hacia Dios, os abre a la conciencia del misterio de la vida tal como es en Dios y os protege del mal.

También el calor que recibís de mí está proporcionado a vuestras elecciones, ya sea en el momento de la concepción o durante la existencia terrena. Cuanto más estáis unidos a Jesús, tanto más Yo puedo actuar en vosotros, porque mi obra no está nunca desconectada de la del Hijo de Dios. Por eso, cuando le ofrecéis la vida a Jesús, a través del Corazón Inmaculado de María, me permitís actuar plenamente en vosotros y Yo os oriento continuamente a Cristo para que seáis colmados de su amor. A su vez, Jesús me manda a vosotros constantemente, y juntos, Jesús y Yo ofrecemos vuestra vida al Padre para que os regale su luz.

Deseo detenerme, en particular, sobre la LUZ de la vida que emana del Padre.
Ella es su sello, colocado sobre cada uno de vosotros, y os acompaña en la vida terrena y en la eternidad. También la luz del Padre es impresa en vosotros en el momento de la creación, mediante la gran vibración de la vida, y está conmensurada a vuestras elecciones. Si habéis elegido a Dios tendréis más luz; en caso contrario tendréis menos.
¿Qué es la luz? Es inteligencia, conciencia del ser hijos de Dios; es verdad y santidad; es la percepción clara de la imagen de Dios en vosotros. Es también, potencia espiritual que os hace sobrepasar las fuerzas del mal y os vuelve victoriosos en las pruebas; es alegría y paz.

La luz de que os hablo es también una realidad física, presente en el universo; y es aquello de lo que está hecha la gran barrera del cielo. (3) Sí, la gran barrera no es otra cosa que una inmensa franja de luz de enorme potencia. Sólo los espíritus puros la traspasan, y las almas de los difuntos. Las fuerzas oscuras del mal no pueden atravesarla y tampoco las criaturas, sino cuando Dios, excepcionalmente lo permite, como sucede en el caso de las humanidades del universo fieles a Dios.

Inmediatamente después de haber recibido la primera, gran vibración que os llama a la vida, la luz comienza a actuar en vuestro espíritu. Su acción es indispensable, porque sois llamados a decidir, ya en el momento de la creación, si servir o no a Dios; por eso os es dada la luz desde el primer instante, para que se abra vuestra inteligencia y podáis elegir. Luego de haber hecho vuestra elección, Dios os coloca en la realidad en que viviréis. Debéis, entonces, atravesar la gran barrera: así, desde la dimensión del puro espíritu descendéis a la realidad material donde se inicia la fase de la vida en el cuerpo, sobre la Tierra o en otro lugar. “Me has preparado un cuerpo…” está escrito, y es así.

No busquéis ahora de comprender racionalmente si Dios crea primero el espíritu o el cuerpo, porque no lo lograréis. No os perdáis en vuestras filosofías abstrusas, porque el pensamiento de Dios no tiene nada que ver con el vuestro; y El tiene el poder de pensar y crear en el mismo instante todo lo que quiere. Dios al pensar crea; en El no existen esquemas limitados, (4) su pensamiento es libre.

El pasaje a través de la gran barrera es un grandioso pasaje en la luz, porque todo vuestro ser el iluminado. Así Dios os muestra con claridad aquello que habéis elegido en el momento de la creación; aquello que os espera en la vida como consecuencia de vuestra elección inicial, y os indica claramente el camino de Cristo como único camino que puede corregir las elecciones equivocadas y que un día os permitirá volver a vivir en plenitud en la dimensión espiritual. Es una última ayuda de parte de Dios, que es dada a todos, indistintamente: para aquellos que han elegido a Dios, como para aquellos que lo han rechazado.

El mismo pasaje en la luz os espera al término de la existencia terrena, porque las almas de los difuntos traspasan la gran barrera para entrar en la dimensión del puro espíritu. Así como al inicio os es mostrado aquello que os espera, así al final, os es mostrado aquello que habéis hecho. También esto es muy importante, porque, de este modo Dios da a cada uno la posibilidad de reconsiderar su comportamiento y de acoger plenamente la salvación que Jesucristo le ofrece. También aquellos que en la vida han rechazado a Dios y han actuado de forma contraria a sus leyes tienen la posibilidad de arrepentirse. La luz de la gran barrera deja al desnudo todas las cosas y muestra lo que cada uno es frente a Dios; aquí no sirven más las discusiones ni las justificaciones, porque la luz de Dios os muestra aquello que realmente sois y lo que habéis realizado en la vida.

Así la misericordia de Dios os sale al encuentro y os prepara a lo que os espera en la dimensión del espíritu, en el paraíso o en el purgatorio y busca de toda forma de evitaros el infierno; también aquí todo depende de vuestra elección y del juicio particular que os espera. Os hablaré sobre todo esto próximamente, porque hay mucha confusión al respecto, aún entre los cristianos. Por ahora es suficiente que comprendáis bien esto: con la muerte se cierra sólo una fase en la vida, la del cuerpo y se abre una nueva en la dimensión del espíritu, que es la dimensión eterna.

Mientras vivís en el cuerpo, si tenéis fe en Dios y en Jesucristo, y si progresáis en el camino de la fe, la luz que habéis recibido de Dios y que está guardada en vosotros, podrá aumentar. En efecto, la luz es directamente proporcional a la fe.
Más creéis, más envueltos sois por la luz. Por consiguiente, también la vibración del amor de Jesús aumentará y así el calor del Espíritu Santo. Todo depende, como siempre de vuestra fe.

Las leyes de la luz, de la vibración y del calor están, entonces, grabadas en vosotros desde la concepción. Vuestra fe y la sincera adhesión a Cristo, mediante el ofrecimiento de la vida a El, determinan el funcionamiento correcto y eficaz de estas tres leyes, que son las leyes de la vida. Ellas despliegan sus efectos no sólo a nivel natural, sino también espiritual: entonces la luz resulta sabiduría e inteligencia; la vibración palabra y acción; el calor amor y santidad. Así crecen la fe, la esperanza y la caridad; vuestro espíritu es alimentado constantemente, el alma reforzada; el cuerpo sano y armonioso. Resultáis de esta forma verdaderos hijos de Dios.

¿Todo esto os parece quizá un utopía,, lejana de la triste realidad de la Tierra? Os digo que no es así. Aún cuando el mal pareciera prevalecer sobre vuestro planeta la acción de Dios es constante y silenciosa en vuestro espíritu. Si le entregáis vuestra vida a Jesús a través del Corazón Inmaculado de María, confiándole a El todo vuestro ser, El hará de tal forma que las leyes de la vida funcionen en vosotros, más allá de todo lo que podáis entender. A vosotros corresponde solamente abrirle las puertas a Jesús, para que El cumpla en vosotros su obra junto a mí, el Espíritu Santo. Estaréis protegidos y ayudados en todo, y ya desde ahora experimentaréis la pertenencia a una dimensión nueva, la del espíritu, que os espera al término de la vida terrena.

¡ No resolveréis vuestros problemas espirituales y físicos hasta que no os confiéis plenamente a Dios! Sólo así podréis derrotar el mal, que intenta por todos los modos de alterar en vosotros la armonía de las leyes divina. Cuando Dios sea el Señor de vuestra vida, entonces podréis dominar las fuerzas adversas y reinar con Cristo, ya, aquí sobre la Tierra, elevándole a El todo lo que os pertenece y os rodea. No olvidéis que sois un pueblo real y sacerdotal, porqué, unidos a Cristo, participáis plenamente en la gloria de Dios, la gloria que El ha puesto en sus hijos.

Os bendigo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”.

1- En el mensaje titulado “Me has hecho como un prodigio” publicado en este sitio, el Espíritu Santo ha hablado de la creación del hombre y de la elección que está llamado a realizar en aquel momento.
2- He hablado profundamente sobre estas tres leyes en el libro “Más allá de la gran barrera” en el cap. 12
3- Cfr.” Más allá de la gran barrera” cap. 12 y 15.
4- He hablado extensamente sobre el pensamiento de Dios en el libro “Reescribir la historia. Vol. 1 En el pensamiento de Dios”.

Autor: .

Profesor de Filosofía, Piloto Civil, Profesor de letras clásicas.

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