A La Nueva Creación

a cargo de Stefania Caterina y Tomislav Vlašić

¿por qué buscáis entre los muertos a quien vive? (Lc. 24, 5)

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a cargo de STEFANIA CATERINA        

Queridos lectores:

Nos acercamos a la santa Pascua, y todos deseamos unirnos a nuestro Salvador Jesucristo, para realizar junto a El el gran pasaje de la muerte a la vida. Celebremos su victoria sobre la muerte y sobre el mal, una victoria que pertenece también a nosotros si amamos y seguimos a Jesús.

El Espíritu Santo, en el mensaje que sigue, nos habla de la muerte, Un tema que nos afecta a todos- Nos invita a considerar la muerte como un pasaje glorioso a la dimensión verdadera, la eterna.  No obstante el dolor  que toda muerte nos trae, estamos llamados a elevar la mirada sobre la victoria de Cristo que ha resucitado y ha triunfado sobre la muerte. Ella ya no es más un evento temible, sino que es simplemente el cierre de la fase terrena de nuestra existencia, más allá de cual nos espera la eternidad, que es la dicha  para cuantos  han creído  y esperado en Dios. En la felicidad esperaremos  los cielos nuevos y la tierra nueva y veremos cumplirse la promesa de Dios: un día resurgiremos como criaturas nuevas destinadas a vivir en la nueva creación.

Con esta esperanza que viene de la fe en Jesucristo,  auguro a vosotros y cuantos os son queridos  una serena y gloriosa Pascua, y os abrazo a todos con sincero afecto, recordándoos en mis plegarias.

                          MENSAJE DEL ESPIRITU SANTO  del 27 de marzo de 2012

 

“Os bendigo y os saludo. Os hablo hoy de una cosa que muchos temen y que suscita muchas preguntas  en el alma del hombre: la muerte. Deseo abordar este tema porque ya he hablado extensamente sobre vuestra creación (1) y de las elecciones hechas en aquel momento. Y bien: la muerte viene a cerrar el ciclo de vuestra vida terrenal y abre uno nuevo que continúa por toda la eternidad.

¿Qué cosa es la muerte? Es el resultado final de un proceso biológico correspondiente a vuestro cuerpo. Tal proceso comienza en el instante  en el que venís al mundo. El impacto  con la realidad material dela Tierra en el momento del nacimiento, marca el inicio de una verdadera y propia lucha entre el hombre y la corrupción de la materia. Este el fruto amargo del pecado original, que toca muy de cerca de los habitantes dela Tierra, pero también a todos los planetas, aún a aquellos que permanecieron fieles a Dios, si bien con intensidad y modalidades diversas. Nadie escapa a esta lucha entre espíritu y materia. ¿Por qué todo esto y de dónde  tuvo origen la muerte?  Para responderos, debo, una vez más, volver al momento de la creación.

En los planes de Dios el hombre habría debido ser inmortal. En el ser  humano, si bien formado de espíritu, alma y cuerpo, el aspecto espiritual habría debido prevalecer sobre el material. Esto quiere decir que el espíritu  habría estado en condiciones de controlar perfectamente el cuerpo, a través del alma, siempre pura y dócil, gracias al  contacto continuo con Dios.

 

El hombre debería haber gobernado no solo a sí mismo sino la creación íntegra en nombre de Dios. En el pensamiento de Dios gobernar significa servir, o sea  volverse útil, ser respetuosos de la originalidad  de cada criatura y  promover la vida y su desarrollo. Dios le pedía al hombre entregar a las criaturas  el mismo amor que recibía de su Creador.

El hombre fue creado a imagen y semejanza de Dios.  ¿Qué significa esto? En el alma estaba fuertemente grabada la imagen de Dios, que formaba la identidad de la  persona:  el hombre no era una criatura  entre tantas, sino que era hijo de Dios. En el espíritu estaba grabada la semejanza con Dios que hacía al hombre capaz de actuar como Dios;  no un simple ejecutor de órdenes,  sino un ser capaz  de pensar al unísono con Dios, y de actuar según tal pensamiento. El espíritu de los progenitores contenía en sí todas las facultades necesarias para conocer y comprender todos los procesos vitales del individuo y de la creación: y para transmitirle al alma todas las informaciones necesarias. El alma era inteligente y capaz de  hacer operativas las informaciones recibidas por el espíritu; ella le transmitía al  cuerpo, de modo claro y sin interferencias, las órdenes necesarias para activar los múltiples procesos biológicos.  El cuerpo obedecía dócilmente y  por esto era sano y armonioso. El hombre expresaba paz, armonía, seguridad: su pensamiento, sus acciones, sus sentimientos, todo estaba en armonía con Dios y con el resto de lo creado. En particular, el hombre actuaba en sintonía  con los ángeles, espíritus puros, seres inmateriales, con los cuales interactuaba para gobernar lo creado. Todo esto se hacía posible por mi acción  directa en el espíritu  del hombre,  que llevaba en sí mismo la potencia de la acción trinitaria, y que no encontraba obstáculos por parte del hombre. El ser humano era propiamente un verdadero tabernáculo  que contenía la presencia de Dios, Trino y Uno, que actuaba con sabiduría y fuerza en nombre de Dios, porque era vehículo del pensamiento  y de la potencia divina. Aún no siendo Dios el hombre actuaba a imagen y semejanza de Dios. Todas las criaturas le obedecían porque reconocían en él la voz del creador. Esto era lo que Dios quería para la humanidad entera. Todo estaba preparado, dentro y fuera del hombre para que este proyecto se realizase.

 

Sin embargo el hombre era libre y creado para la libertad. Dios no le pedía actuar como un autómata, sino  de elegir libremente   si  se adhería  o no a su proyecto. Vuestra libertad y el uso que de ella hacéis es siempre parte de vosotros:  en la imagen y semejanza de Dios,  no  podía, en efecto, no estar incluida la libertad. Dios es libre en su actuar y pensar y nadie puede interferir en sus elecciones. Al crear a los ángeles y a los hombres, El quiso regalar a estas criaturas su misma libertad, que es parte de su altísima dignidad. Por esto, tanto los ángeles como los hombres fueron llamados desde el principio a usar su libertad escogiendo ser o no  fieles al proyecto de Dios. Ambos gozaban de gran confianza  por parte del Creador.  Parte  de los ángeles traicionó esta confianza,  y Lucifer, a la cabeza de los ángeles rebeldes concibió en sí un proyecto opuesto al de Dios. Muchos hombres lo siguieron, y han elegido su proyecto, rechazando el de Dios.

Este ha sido el pecado original, aquel pecado que pesa sobre la humanidad desde el origen.

 

¿Qué sucedió con el pecado original?  Una parte de la humanidad se dejó seducir por un espíritu distinto del de Dios: el espíritu del mal. Lucifer le prometió a los primeros hombre, que si abandonaban a Dios para servirlo, llegarían a ser como Dios. En otras palabras:  el hombre no sería solamente a imagen y semejanza de Dios sino que habría resultado el mismo Dios: habría conocido como Dios y dominado la creación entera. Habría estado a la par de Dios.  El  espíritu de muchos hombres, entre los cuales vuestros progenitores,  se ha desviado de la verdad sin ni siquiera  medir las consecuencias, enceguecidos por el egoísmo y por la sed de dominio. Otros hombres no llegaron a una elección decidida, queriendo estar, en parte con Dios y en parte con Lucifer, según la conveniencia; su egoísmo los volvió titubeantes,  indecisos y cobardes; se encerraron en sí mismos, buscando no enojar a nadie y no servir a ninguno. Por el contrario, otros hombres no creyeron a Lucifer, porque se dejaron guiar por el amor a su Creador, que los incitó a permanecer fieles a Dios y a su  proyecto; amaban a Dios  y estimaban más dignas de fe las promesas de Dios que las del demonio.  La humanidad se dividió: una parte fiel a Dios,  otra indecisa, y otra rebelde. Globalmente se puede decir que en el universo el número de hombres indecisos y rebeldes a Dios supera en mucho  al de  los hombres fieles. Esta situación permanece todavía.

 

El pecado original, con la consiguiente división  de la humanidad, ha producido consecuencias devastadoras:

1-      se ha roto la armonía entre Dios y buena parte de la humanidad. Dios no podía contar más con el amor y la fidelidad de muchos hombres ni podía confiarles a ellos la responsabilidad de gobernar la creación a su nombre; si lo hubiese hecho habría indirectamente confiado la creación al espíritu del mal  que ya dominaba las humanidades rebeldes.

2-      Se  creó una distancia inalcanzable entre las diversas humanidades.  Dios no  permitió que los hombres rebeldes  se desplazasen imperturbados por el universo, llevando  por doquiera su  germen corrupto y les quitó el conocimiento y las facultades que tenían en un principio, impidiéndoles explorar el universo  y manipular las leyes de la vida.  Por esto  la humanidad dela Tierra y de otros planetas rebeldes  o indiferentes a Dios, no poseen de ningún modo el conocimiento y la capacidad de las humanidades fieles a Dios. Estas últimas se mueven libremente en el universo y colaboran con los ángeles: Dios les confía a ellos muchas misiones a favor de la creación entera.

3-      Se interrumpió la colaboración entre los ángeles y una parte de la humanidad. Los hombres rebeldes decidieron valerse de la ayuda y la colaboración de los demonios, rechazando a los ángeles.  Los hombres dela Tierra fueron impulsados más allá: decidieron estipular  una alianza con Lucifer y muchos de ellos le consagraron sus primogénitos, otros, también, le han adorado como un dios y continúan haciéndolo.  Por esola Tierra es el planeta más débil y  sufriente en el universo, ya que es el más infectado por la presencia del mal.

4-      Toda la creación se ha resentido por las elecciones de los hombres y ha conocido, también ella la corrupción.  En efecto, el hombre corrupto por el pecado original, ha comenzado a recibir  impulsos del espíritu del mal y ha transmitido tales impulsos a todas las demás criaturas; la creación estaba entonces irremediablemente contaminada por la presencia del mal y de la acción perversa del hombre. Esto es evidente sobrela Tierra, donde la naturaleza ha alcanzado niveles de sufrimiento  intolerables.  Sobre los planetas fieles a Dios, en cambio, la naturaleza goza de paz y armonía  y de extraordinaria belleza, porque recibe de los hombres amor y cuidado.

5-      Los hombres rebeldes retrocedieron espiritual y físicamente. Su espíritu se cerró al conocimiento que viene de Dios, su alma se debilitó y también su cuerpo pasó de la armonía original al deterioro progresivo. Sobre planetas rebeldes como el vuestro, la corrupción del hombre y de la naturaleza han golpeado implacablemente el cuerpo humano, que ha experimentado y experimenta el envejecimiento y las enfermedades.  Sobre los planetas fieles, al contrario, el hombre es sano y armonioso y las enfermedades son prácticamente desconocidas. Sus médicos se ocupan, más bien de prevenir las enfermedades, porque saben cómo intervenir  sobre el espíritu y el alma del hombre, de donde parten los impulsos necesarios para el buen funcionamiento del cuerpo humano.

6-      La muerte ingresó a la creación  y afectó a la humanidad íntegra.  La muerte  es la consecuencia directa de la corrupción, el culmen del deterioro de la creación entera.  Todo aquello que Dios había creado puro e inmortal se había contaminado y vuelto precario por la acción de Lucifer y por la infidelidad de muchos hombres. Dios no creó nada con vistas a la muerte, sino a la inmortalidad. El hombre rebelde, escogiendo el mal ha elegido la muerte, ya que Lucifer y sus demonios quieren la destrucción. En ellos está el rechazo a la vida porque ahí está el total rechazo de Dios. La muerte toca a todos los hombres, aún a aquellos que permanecieron fieles a Dios.  Sin embargo, sobre los planetas fieles la muerte no tiene el carácter trágico que tiene sobrela Tierra, y es un dormirse en Dios para despertarse en la dimensión de la eternidad.

¿Por qué Dios le permitió a la muerte actuar en el universo? Primero de todo porque los hombres rebeldes no se arrepintieron de su pecado. Si lo hubiesen hecho y hubiesen pedido perdón a Dios, habrían podido interrumpir el proceso  de corrupción y Dios  habría rehecho todo. Las cosas no fueron así, para más, las humanidades rebeldes prosiguieron testarudamente  su camino. En segundo lugar, la muerte, aunque no entraba en los planes de Dios, era el único remedio para poner fin a los sufrimientos de buena parte de la humanidad. Los hombres rebeldes con su hostilidad a Dios, han vuelto muy difícil la existencia. Dios sabía que no habrían podido soportar eternamente sus míseras condiciones de vida. Reflexionad: ¿qué sucedería si vuestra vida sobre la Tierra fuese eterna? ¿Si fuesen eternas las injusticias, las guerras, el hambre, la violencia, las dictaduras, etc,etc.?  ¡Dios no  podía permitir que el mal resultase inmortal!

 

No obstante la rebelión de tantos de sus hijos, Dios, que es bueno, decidió que un día le devolvería a la humanidad una nueva creación. Hasta ese entonces, la huma nidad habría  experimentado la corrupción y la muerte por justicia y por expiación; también la creación estaría sujeta a la corrupción, porque está conectada al hombre.  Todo esto, sin embargo, no habría durado  para siempre.  La generación entera de hombres, fieles o no, creados al principio, habría pasado para dejar el lugar a una generación nueva.

Una creación nueva, habitada y gobernada por una generación nueva de hombres, finalmente unidos a El y fieles.

¿De quién sería nacida esta generación nueva? Todos los  hombres, comprendidos los fieles, pertenecían a la vieja creación; se precisaba el fundador de un nuevo linaje que fuese realmente fiel a Dios y unido a El, en el cual operase plenamente la potencia de Dios.  Dios mismo lo habría previsto enviando a su Hijo Unigénito.

Jesucristo, Hijo de Dios, se hizo hombre para ser el primogénito de la nueva humanidad, y para fundar la nueva creación.  Así  Dios ha realizado una intervención directa en la historia de los hombres, lo más grande después de la creación. Jesucristo se ha encarnado  sobrela Tierra, una vez para siempre, a favor de la humanidad entera esparcida en el universo.  Se ha ofrecido a sí mismo al Padre, ha tomado sobre sí la muerte y la corrupción, no para ser aplastado sino  para derrotarla con su resurrección. Así ha pagado la deuda de toda la humanidad, la cancelado con su sacrificio la culpa de los progenitores.  El primogénito  de la nueva humanidad, Jesucristo, fue capaz de amar a Dios hasta el punto de sacrificarse a sí mismo; ¡qué gran diferencia respecto a los primeros hombres!

Jesús ha conocido la muerte, como todos vosotros, porque es Verdadero Dios y Verdadero Hombre. Sin embargo, Jesús le dio a la muerte un rostro nuevo: ella no es más  sin esperanza sino que os abre  a la verdadera inmortalidad. Quisiera que reflexionaseis sobre esto: si sois fieles a Dios y acogéis plenamente a Jesucristo como Redentor, si le ofrecéis vuestra vida sobrela Tierra, entonces, también vuestra muerte se transforma en vida eterna y es anulada en vosotros la corrupción.  Es esto por lo que Jesucristo ha afrontado y vencido de modo definitivo a aquel que tiene el poder de la muerte: Lucifer. El Señor de la vida derrotó la muerte y la corrupción.

Al pie de la cruz estaba María, Madre de Cristo y de la humanidad, la Mujer nueva que ya vivió en sí la pureza que es incorruptibilidad.  Os precede en la nueva creación porque ya es una criatura nueva, mientras vosotros debéis aún realizaros. Por esto su presencia y su plegaria  en la vida de cada hombre es condición indispensable para ser parte de la creación nueva. A través de Ella será generada la nueva humanidad que tendrá la pureza de María, su fe y su docilidad. La consagración a su Corazón Inmaculado es indispensable en vuestro camino.

Jesús resucitó. Su resurrección no es un simple milagro sino que es la manifestación natural de su divinidad que lleva en sí misma la vida, y de su humanidad nueva que no conoce la muerte. Si os unís a Cristo resultaréis también vosotros  criaturas nuevas, que, un día, en la  nueva creación no conocerán más la muerte, porque ella ya no tendrá ningún poder sobre  ellas. Pero ya desde ahora podéis experimentar la victoria sobre la muerte, gracias a la fe en Cristo: la muerte no puede turbaros ni aniquilaros, porque ya sois partícipes de la promesa de Dios, la de estar un día en la nueva creación. ¡Vosotros no reflexionáis lo suficiente sobre la resurrección de Jesús y sobre la potencia extraordinaria que opera en vuestras vidas!

Jesucristo ha abierto el camino a la nueva creación a todo hombre de buena voluntad que cree en El. El retornará al final de los tiempos a recoger su rebaño e introducirlo definitivamente en la creación nueva dejando librados a su destino a cuantos sirven a Lucifer.

No habrá más lugar para la corrupción en la creación nueva:  entrarán los puros de corazón, los verdaderos adoradores del Dios verdadero.

En esta perspectiva ¿qué es la muerte para cuantos creen en Dios Trino y Uno?  Es un paso doloroso y grandioso al mismo tiempo. Doloroso porque el hombre conserva en sí  el recuerdo y el deseo de la inmortalidad perdida y rechaza la muerte; porque no siempre  la muerte es un pasaje fácil y lo sabéis bien, vosotros los de la Tierra.  Para muchos de vosotros la agonía del traspaso es la prueba más dura, la última batalla de la vida. Esto sucede porque gran parte de la humanidad no ha acogido  a Jesucristo y continúa sirviendo al espíritu del mal, que utiliza la muerte como su aguijón  (2) para atormentaros y alejaros de Dios. ¡Cuántas blasfemias sobre el lecho de muerte, cuántas acusaciones a Dios! Sin embargo, el Dios que blasfemáis se ha hecho carne y murió por vosotros, para hacer de vuestra muerte un pasaje a la luz.  ¿Por qué no queréis recibirlo? ¿Por qué escucháis las insinuaciones del demonio que os presenta a Jesús como vencido mientras el vencido es él? ¡Abrid los ojos, entonces, y examinaos!

La muerte es un pasaje glorioso para quien ha creído en Cristo y lo ha amado y servido en la vida terrena. Después de la muerte atravesáis  la gran barrera del cielo  para alcanzar  la dimensión purísima donde reina la vida del Espíritu.  Os he explicado que la gran barrera está hecha de luz, que os ilumina  y os hace comprender lo que habéis hecho enla Tierra (3) Tenéis la posibilidad de reparar todo mal en el purgatorio y entrar en la felicidad del Paraíso para estar unidos a Cristo y reinar con El.

Cuando lleguéis al paraíso, ahí viviréis  en espíritu hasta la resurrección de los muertos. Vuestro cuerpo os será restituido, santo y glorioso, semejante al cuerpo de vuestro Salvador, que ha atravesado los cielos; semejante al de María, que vive en el Cielo con su cuerpo inmaculado e incorrupto. Todos vosotros  saldréis de los sepulcros como salió Cristo Resucitado. Un día, también vosotros atravesaréis los cielos.

 

En Cristo no morís sino que tenéis la vida eterna. Con la muerte se cierra sólo la fase terrena de la vida, necesaria para el logro de la plenitud. Dios os recoge cuando vuestro fruto está maduro. Si vivís en armonía con Dios y con sus leyes, no debéis temer la muerte;  ni la vuestra ni la de vuestros seres queridos. Sabedlo que Dios no separa nunca a aquellos que se han amado con verdadero amor y han tenido esperanza en Jesús: el espíritu de vuestros seres queridos, que se durmieron en la fe en Jesús, os ama con un  amor nuevo, el de Dios,  y os acompaña con su plegaria. La muerte no tiene el poder de separar entre ellos  a cuantos han vivido con fe: la victoria  de Cristo hace, entonces,  que la muerte transforme en mejores vuestros vínculos afectivos, sin anularlos; ellos continúan en la dimensión del espíritu, más fuertes y más límpidos que antes, libres de todo egoísmo. Aunque muráis, vosotros estáis vivos en Cristo, porque en El y por medio de El habéis derrotado la muerte.  No estáis más muertos sino vivos, destinados a los cielos  nuevos y a la tierra nueva. No son los cementerios vuestra última morada, ni la de vuestros queridos difuntos, ni las tumbas donde reposan los cuerpos a la espera de resurgir.  ¡Estad seguros: la vida de vuestros difuntos está en otro lado, en la dimensión más alta, la del espíritu! Si estáis unidos a Dios participáis ya sobrela Tierra en la vida del  espíritu, donde no existen las distancias, ni  existen los confines.  ¿Por qué, entonces, tantas lágrimas y desesperación?

Cierto, el dolor frente a la muerte de vuestros seres queridos es natural y comprensible; también Jesús lloró  delante de la tumba de su amigo Lázaro (4); pero la separación es breve.  El dolor no manda en la presencia de la alegría y la plenitud de la vida dichosa, donde un día os encontraréis y viviréis unidos para siempre.

Por lo tanto ofreced vuestro dolor a Dios por vuestros seres queridos y después dejadlos libres,  para alcanzar su meta desde donde podrán ayudaros y estar más cercanos.

Os lo repito: no busquéis a vuestros seres queridos  difuntos entre las tumbas de los cementerios, porque ellos viven en Cristo; ¡sentidlos vivos, junto a vosotros!

La vida es una sola, aunque atraviesa diversas fases, y es inmortal porque estáis creados   a imagen y semejanza de Dios.  Si bien vuestro cuerpo ahora muere, un día resurgirá, si tenéis fe en Cristo, y  el hombre volverá a ser aquello que debía ser. Cristo os ha devuelto la dignidad y la potencia de los hijos de Dios.  Ha restaurado lo que estaba corrupto a causa del pecado original.  En el bautismo renacisteis a una vida nueva, la vida de Dios, que resplandece en vosotros y que la muerte no puede suprimir.

Los muertos son aquellos que rechazan la vida de Dios y no quieren reconocer a Jesucristo como Hijo de Dios y Salvador. Ellos seguirán el destino de su padre, Lucifer, y no entrarán en la creación nueva.  Quien en cambio, acoge a Jesucristo y le entrega la vida,  tendrá parte con El en la tierra de los vivientes. Por eso, enjugad vuestras lágrimas  ¡y no busquéis más entre los muertos  a  quienes viven!  Ellos viven en Cristo para Dios.

 

Os bendigo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”.

 

 

 

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1-      se refiere a los dos mensajes precedentes de  enero y febrero de 2012. publicados en este sitio.

2-      Cfr.I  Cor 15  55-58

3-      Mensaje del Espíritu Santo de febrero 2012. publicado en este sitio.

4-      Cfr.Jn. 11, 35

Autor: .

Profesor de Filosofía, Piloto Civil, Profesor de letras clásicas.

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