A La Nueva Creación

a cargo de Stefania Caterina y Tomislav Vlašić

Estar en comunión con Dios

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Queridos hermanos y hermanas: os presento un mensaje de san José  que nos ha llegado al comienzo de la novena a él dedicada. Durante la plegaria le hemos pedido que nos dijera alguna cosa sobre sí mismo  dado que sobre él se habla poco. Nos dirigió estas palabras que nos exhortan a vivir   en una relación auténtica y profunda con Dios, fuente de toda nuestra felicidad y realización.

Os saludo con gran afecto  y os bendigo.

                                                                                            Stefania Caterina

 

MENSAJE DE SAN JOSÉ  del 10 de marzo de 2014-

Os bendigo queridos hermanos y hermanas. Habéis expresado el deseo de conocerme mejor; en efecto mi figura ha sido más bien marginal en la Iglesia, aun cuando tengo muchos devotos sinceros. Podréis conocerme en Dios, porque es en Dios que nos conocemos perfectamente los unos a los otros; en efecto, el Espíritu Santo mora en nosotros y es él quien manifiesta la identidad de cada uno. Por eso, cuando estáis en Dios os basta dirigir un pensamiento a un santo, a una persona  o a una situación para  conocer  ese santo, aquella persona o tal situación.(Rom8, 26-28)

Yo soy un solo corazón con María Santísima  aún cuando nuestro matrimonio no fue como  aquellos a los que estáis habituados a ver sobre  la tierra: nuestro matrimonio no fue consumado. No obstante esto estamos de tal forma unidos  que formamos una sola cosa en Dios. Efectivamente  es Dios quien nos ha  unido, no la  pasión. No nos ha unido tampoco la obra de Dios sino que Dios nos unió para su obra.  Frecuentemente las personas se unen entre ellas para una obra, para hacer algo juntos. En cambio es siempre Dios quien une y cuando estáis unidos en Dios entonces El os confía una obra.

Yo no estoy en la Santísima Trinidad como María Santísima que es una criatura  excepcional y única en el universo: no hay ni habrá  nunca otra semejante a ella,  ni siquiera en la nueva creación. Ella está en la Santísima Trinidad y ese puesto le corresponde por derecho. Pero yo entré en el Corazón de María ; después de Jesús fui el único en entrar perfectamente en su Corazón Inmaculado y con ella he formado  un único Corazón. Así puedo decir que yo también entré en la Santísima Trinidad, si bien indirectamente.

Esto vale para cada uno de vosotros: cuanto más entráis en el Corazón Inmaculado de María más entráis en el conocimiento  profundo de la Santísima Trinidad, en el misterio de su vida. El Corazón de María vive en el Corazón de Jesús y  por eso ella está inmersa en la Santísima Trinidad; pero también el Corazón de Jesús vive en el de María, se ha formado en el seno de María. (Jn 14, 9-11)

Mi tarea fue importante sobre la Tierra: debía asegurarle a Jesús una paternidad  según la Ley, delante del pueblo, dado que María no podía ser ciertamente una madre adolescente;   habría sido un grave escándalo. Pero esta no era la única razón por la que Dios me unió a mi esposa, estábamos llamados  a vivir juntos por Jesús, a ser el primer núcleo de aquel pueblo, que es la Iglesia, que un día se habría reunido en torno a Jesús. Nosotros dos hemos anticipado todo esto,  hemos sido la primera célula de la Iglesia. Por esto  Dios nos confió  una  misión fecunda en el Espíritu: ha querido que nuestra unión asegurase el crecimiento sereno de Jesús en la gracia, en el espíritu y en el cuerpo.  He trabajado por Cristo: he trabajado en mi taller de carpintero para asegurarle el alimento de todos los días,  fruto del trabajo honesto. He sido el primero en trabajar por Cristo.

He muerto joven . Dios me concedió la gracia de no asistir  a la crucifixión de Jesús.  No habría tenido la fuerza de María, no tenía su misma gracia.  Habría sido un golpe terrible  para mí, habría muerto a los  pies de la cruz.  Jesús no ocultó nunca a su Madre ni a mí lo que le esperaba: estábamos por eso preparados en el espíritu. Sin embargo la crucifixión de Jesús no fue una de las tantas ejecuciones cruentas que sucedían en aquel tiempo: sobre Jesús se volcó todo el odio del infierno, además  de todos los pecados de la humanidad entera del universo;  su ejecución fue la más feroz que se haya visto jamás sobre la Tierra.  Mi dolor paterno me habría aniquilado. Por eso Dios me llamó a sí y  me concedió de estar presente en espíritu a los pies de la cruz. Así pude sostener con mi plegaria a María y a Jesús en  aquella hora terrible, como lo había hecho tantas veces en la vida: en la persecución de Herodes, en la huída a Egipto, en la pobreza, en las grandes y pequeñas dificultades de la vida cotidiana.

Mi figura en la Iglesia no fue siempre bien comprendida, por  la dificultad de dar una justa definición a la sexualidad. Por eso mi presencia fue tal vez considerada un estorbo para la pureza de María;  esto sucede porque las personas creen  que la castidad es fruto de una represión  y que por esto sea  difícil de observar. En realidad no es así.: la verdadera castidad es una elección libre y  entra en el concepto más amplio de impecabilidad. Quien escoge verdaderamente la castidad la elige hasta el fondo. Yo no tenía ningún interés de índole  sexual en relación a María; eso no ha estado nunca en mi corazón; no estaba previsto ni querido por Dios para mí y no habría tenido ningún  sentido en el plan de Dios. Por eso me fue dada la gracia se superar toda tentación, porque Dios da siempre la gracia necesaria para cumplir su obra. Además, la mía no era una  Esposa como las otras: poseía la gracia de una pureza tal que nada sucio podía serle cercano. De ella emanaba una pureza comparable solo con la  de Jesús. Cuando observaba a María y al pequeño Jesús juntos percibía una pureza infinita que  emanaba de sus personas; eran perfectos, en ello no había ni siquiera la más  pequeña sombra  de pecado, estaban completamente inmersos en Dios, Mi alma se saciaba con tal perfección: por eso yo también alcancé la pureza, fruto de mi camino de santidad, pero también de la gracia extraordinaria que he absorbido de  mi especial unión a Jesús y a María.

Mi vida fue simple: el trabajo en mi taller, la plegaria a Dios Padre por Jesús y por María mi oración junto con ellos. Aunque no estuve físicamente a los pies de la cruz, Dios  me ha confiado su Iglesia; la protejo junto a María. El Señor me llamó a ejercitar la paternidad con todos sus hijos, así como la ejercí  a favor de su Hijo Jesucristo. No es la paternidad de Dios, sino la paternidad en Dios. Sobre la Tierra mi paternidad y la maternidad de María trabajaron juntas para proteger a Jesús: juntas trabajan ahora para proteger al pueblo de Dios, y no podría  ser de otra forma.(Exhort.  Apost. “Redemptoris Custos” Juan Pablo II, 1989)

Al comenzar esta novena que me ofrecéis os  pido que os sumerjáis en el Corazón de María; ahí me encontrareis. Mi alegría está en ver que este pueblo pertenece cada vez más a María, porque mi corazón goza del triunfo del Corazón Inmaculado de mi Esposa. Cuando encontráis a María lo encontráis a Jesús;  y cuando encontráis a Jesús, lo encontráis todo.

La comunión  con María en Dios es el camino y la comunión con Dios es la meta. La pureza os debe llevar  a estar delante de Dios, sea que estéis casados o no. No se puede estar delante de Dios si no se es puro. Nada impuro puede estar delante de Dios.

Es verdad que Dios perdona vuestros pecados pero también es verdad que nadie podría comparecer   delante de Dios si no estuviese Jesucristo, el Justo, el Mediador. El es quien está delante de Dios Padre  y le presenta Su Cuerpo y  Su Sangre, su sacrificio por todos vosotros. Sin El no podríais presentaros delante del Padre porque ninguno de vosotros está completamente puro y nada impuro puede estar delante de los  ojos del Padre. Por eso es necesaria la pureza, porque os ayuda a alcanzar cada vez  más la comunión con Dios  en Cristo  que le da sentido a toda otra comunión. En efecto: toda comunión auténtica desciende de la Santísima Trinidad: el matrimonio, la consagración, la amistad  y toda otra forma de comunión espiritual.

Todos habéis recibido la gracia para vivir en comunión con Dios; nadie podría lograrlo sin la gracia. Os repito  que la comunión con Dios es la meta del camino de la humanidad: en la nueva creación todos vivirán en  perfecta comunión con Dios. Vosotros estáis todavía recorriendo el camino terreno, a través del cual tratáis de acercaros siempre más a la comunión con Dios. Si no lográis hacerlo en esta vida lo haréis en el  purgatorio; es un recorrido que no se acaba ni siquiera con la muerte. Sin embargo, sobre la Tierra la comunión con Dios no es comprendida de modo correcto: las personas no están adecuadamente formadas y consideran que están en comunión con Dios solamente porque participan en algún rito religioso, porque van a la  santa Misa el domingo o recitan las plegarias devocionalmente. Todas  estas cosas son medios importantes para llegar a la comunión con Dios pero no son la comunión con Dios. No puede haber comunión con Dios si falta la entrega de sí  mismo y la pureza. Todos habéis recibido en el bautismo la gracia para llegar a la impecabilidad, a la entrega de vosotros mismos y a la comunión; pero a lo largo del camino esta gracia se pierde a causa de las múltiples interpretaciones que las personas dan a la vida espiritual, a la relación personal con Dios y también por la falta de una formación adecuada en el verdadero camino  de la fe.

Por eso hoy es difícil hablar a los cristianos de la entrega de sí mismos, de la pureza y de la comunión. La comunión con Dios  resulta como un algo  más en una vida religiosa  que se basa frecuentemente sobre el activismo, aún en el campo caritativo.

La caridad es necesaria y no se discute. Pero si falta la comunión con Dios ¿de dónde nace la caridad y de qué se alimenta?   Si falta la comunión con Dios  las celebraciones eucarísticas  ¿no resultan acaso superficiales, apuradas, frías?  Afortunadamente en la Iglesia hay personas santas que cuidan su relación personal con Dios; a menudo son desconocidas, quizá incomprendidas o ridiculizadas; pero si faltaran personas así, la caridad de los cristianos no sería muy distinta de las actividades cumplidas por las asociaciones humanitarias no cristianas. Por eso es preciso recuperar la relación personal, la comunión con Dios.

Los cristianos  de hoy no sienten más una unión  profunda con el Espíritu Santo como le sucedía a los primeros cristianos inmediatamente después de Pentecostés.  El Espíritu Santo no se retiró nunca de la Iglesia  pero no ha podido actuar con  toda  su potencia; su acción se ha reducido a lo largo de los siglos. En la Iglesia de hoy la potencia del Espíritu Santo no es comparable con la  de los inicios. Muchas son las causas de esto: por ejemplo el racionalismo, el activismo, las especulaciones teológicas, la ciencia humana, que tomaron el lugar del Espíritu Santo. En  los santos, en cambio, el Espíritu Santo  ha continuado y continua actuando con potencia, opera  en forma extraordinaria, porque los santos de despojan de sí mismos y buscan la comunión con Dios por encima de toda otra cosa; de este modo el Espíritu Santo  está libre para plasmarlos según sus deseos y actuar en ellos y a través de ellos. Los santos han sido siempre la savia vital de la Iglesia. Hoy, sin embargo, los hombres se separan cada vez más de su fuente interior  que es Dios y buscan en otros lados las inspiraciones y los modelos de vida; se fabrican ídolos como los personajes famosos, los científicos expertos, hasta  las autoridades religiosas; Para muchos cristianos el Papa está antes que Cristo. Aprended a escuchar a Jesús en vosotros, antes de todo, y podréis escuchar y entender también al Papa.

Os bendigo y os auguro que esta novena os ayude a entrar siempre más en el Corazón Inmaculado de María,  en su comunión con Dios y con la humanidad; en su entrega perfecta me encontraréis también a mí.

Os bendigo en el Nombre del Padre,  del Hijo y del Espíritu Santo.

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                                 ORACION    A    SAN    JOSE

 

 

San José, justo entre los justos,

Protector de la familia de Dios en todo el universo,

Custodia la Iglesia de la Tierra en este tiempo delicado e importante.

Intercede junto a Dios

Para que la Iglesia elija siempre el camino correcto,

Superando en la paz las dificultades,

Las provocaciones y  los obstáculos

Que el espíritu del mundo de pone delante.

El fuego ardiente de tu corazón nos inflame de verdadera fe,

De segura esperanza y de sublime amor;

Para que podamos recorrer

Junto a ti y tu Virgen Esposa María,

Los camino difíciles de nuestro tiempo.

Guíanos como  has guiado al pequeño Jesús

Teniéndolo de la mano.

Tu lo ayudaste a crecer y a hacerse hombre.

Ayúdanos también a nosotros a llegar a ser verdaderos hijos de Dios,

Para gloria y honor de la Santísima Trinidad. Amén

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Autor: .

Profesor de Filosofía, Piloto Civil, Profesor de letras clásicas.

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